Nadie sabe qué le pasó a Pepe, el de las figuras de barro, tras la Copa
América. Apareció por la playa poco antes del temido efecto 2.000 y se
le perdió la pista cuando los veleros de nombres impronunciables
brincaban las olas de nuestro litoral. No es que los barcos tuvieran
nombres raros, que también, simplemente nos sonaba todo a chino. Parece
mentira, pero un barrio marinero era completamente ignorante sobre los
asuntos de la vela. Orgullosamente, me atrevería a decir.
Pepe desapareció tras ese verano. Comentaba a menudo que no soportaba
esa opulencia, el descaro del nuevo rico comiendo delante del pobre. Le
fastidiaba la mala educación, la soberbia de cuatro niñatos venidos a
más gracias a pelotazos en forma de ladrillo. Miradas altaneras que le
hacían más daño que luchar contra el alcohol o la heroína.
Todo esto me lo contaba durante los años que estuvo vendiendo figuritas
de barro y haciendo castillos de arena al pie del paseo marítimo. Yo
trabajaba de camarero en verano, fines de semana y todos los festivos
del calendario, ya fuera para pagarme estudios, vicios o ser un poco
independiente. Independencia, eso es lo que más valoraba Pepe de su
situación. No rendir cuentas, sin explicaciones, hacer lo que le viniera
en gana. Hablando con él, parecía que su vida en la calle era algo
elegido y no la consecuencia de una juventud dura dos décadas atrás.
"Dormir en Valencia es gloria, peor sería en Teruel", decía sonriendo
convencido.
Para Pepe, el verano duraba aproximadamente diez meses, desde Fallas
hasta Navidad. No era raro verlo con una simple camiseta varias tallas
más grande que la suya o, directamente, sin ella, dejando al desnudo su
piel ennegrecida y magra, sin rastro de grasa, como cualquier yonqui
veterano. Pero él no. A Pepe se le veía fuerte. Llamaba la atención la
anchura de su espalda y unos brazos fuertes, que infundían respeto. Él
decía que era el resultado de trabajar la arcilla y levantar castillos
de arena, de llevar el peso de toda una vida, la suya, a cuestas. Viendo
sus labores artesanales costaba trabajo creerlo.
Sus castillos, o fortalezas, como le gustaba llamarlos, no eran más que
moles de arena absurdas, como las que puede hacer cualquier niño en la
orilla, con cuatro ventanucos y una mal llamada puerta asimétrica. Se
asemejaban más a una casa antigua de pueblo, con las paredes
desniveladas de soportar tantas capas de arena y cal. Sus faenas con la
arcilla no mejoraban mucho. Eran su especialidad los soles y las lunas,
platos llanos y sonrientes de casi medio kilo de peso, endurecidos y
secados al sol. Si había suerte y dinero, les daba una capa de barniz
para que tuvieran aspecto de haber sido horneados. El resultado era una
suerte de máscara carnavalesca atrofiada. No se le podía negar el
esfuerzo, con cada figurita tardaba un mínimo de tres días, aunque el
final no fuera el esperado. A veces se aventuraba con otros temas:
tortugas, dragones y duendes que invariablemente acababan pareciéndose a
su perro.
Manolo, su mascota, era un golden retriever de anuncio. Más de medio
metro de altura, color dorado y más bueno que el pan. Contrastaba su
buen aspecto con el desaliño de su amo: pelo largo por los hombros y
barba negra algo distraída. A mí siempre me recordó a Roberto Iniesta,
aunque Pepe nunca había oído hablar de él. Su "amigo Manolo", como a
Pepe le gustaba referirse a su perro, era el que le daba calor en
invierno, pues tampoco se abrigaba mucho más que en los meses de calor.
Calor físico y anímico, porque a excepción de los trabajadores de la
playa, pocos amigos hacía. Manolo lo acompañaba a todas partes, incluso
en algún viaje en autobús urbano, cuando Pepe fingía ser invidente. La
picareca española, dicen. Y picaresca era lo que tenía que poner en
práctica, pensábamos los que conocíamos a la extraña pareja, para poder
alimentarse él y su compañero. En las pocas ocasiones que le veíamos
comer, Pepe siempre echaba mano de latas de conservas, fiambre y pan
duro conseguido a última hora en algún restaurante. A Manolo nunca le
faltó ni el mejor pienso ni los mejores patés, que Pepe guardaba en una
mochila que ya era vieja cuando iba al colegio.
Esa época, la del colegio y su mochila parcheada que guardaba desde
entonces, fue la que nos contó una mañana lluviosa de septiembre con la
playa, lógicamente, ya desierta de veleros y turistas. Llegó a primera
hora y quería desayunar. Venía con una sonrisa amplia, luminosa, ya que
había cobrado su pensión. La pensión no era otra cosa que la ayuda que
le pasaba mensualmente su hermana menor, a escondidas de su padre, pues
lo había repudiado desde su etapa de universitario rebelde.
Empezó a untarse la mantequilla y la mermelada en el pan tostado,
dejando un cuarto de cada envase sin tocar. Ante nuestra extrañeza, pues
sabíamos que a Manolo no le daba comida dulce, nos contó que era
costumbre en su casa dejar sobras para el servicio, por si querían
comérselo cuando él y su familia salían por la puerta. "Siempre fuimos
unos burgueses, eso lo sé ahora, pero para mí era normal. Burgueses,
pero en el cole nos llamaban aristócratas". Dueños de un palacete, su
familia paterna era propietaria de una empresa metalúrgica venida a
menos en un pueblo al norte de Valencia. Tenis, natación y deportes de
mar. Educación estricta en colegios de pago. Todo dirigido y planificado
para heredar la empresa paterna desde que acabó su feliz infancia. A
Pepe le interesaba más el arte y las letras que la economía y las leyes.
Comenzó a distanciarse del camino marcado. Conoció las drogas en el
peor momento, si es que hubo alguno bueno, en los ochenta, cuando la
heroína hacía estragos.
Poco más nos pudo contar antes de desaparecer de la playa a los pocos
días. Los borrosos recuerdos le ensombrecían el rostro y le anudaban la
garganta. Pero aún le dio tiempo a narrarnos su último secreto, tal vez
delirio, para dar consistencia a su relato. Conservaba celosamente la
mochila con la comida de su alter ego porque era el cordón que le ataba a
los recuerdos de una infancia feliz, casi perdida en su memoria a causa
del vino y el caballo. Una infancia donde Pepe se llamaba Manuel.
Dani Paños.
Publicado en http://solopormolestaros.blogspot.com.es/2014/10/figuras-de-barro.html el 10 de octubre de 2014.
No hay comentarios:
Publicar un comentario