lunes, 31 de agosto de 2015

Y, sin embargo...

"Los que han muerto, han muerto,  y a ellos les es indiferente que se les rinda algún homenaje. Si hay alguien para quien eso tiene algún significado, es para nosotros, los vivos. La memoria carece de utilidad para aquellos a quienes honra, pero sirve de mucho a quien se sirve de ella. Con ella me construyo, y con ella me consuelo"
Laurent Binet. HHhH.
Apesta, como el humo de un cigarro mal apagado. Demasiada muerte a mi alrededor. ¿Cuánto es demasiada? Con una basta para ser mucha. El sustento de una familia entera apagándose como la vela en la tarta que no alcanzará a soplar. Luchadores contra esa "larga enfermedad" que pierden, una y otra vez, y aún así se levantan hasta que ya no pueden más. La misma larga enfermedad, aunque en este caso fue corta, que se llevó por delante al primer y mejor maestro de quien escribe esto, mi abuelo. De eso hace tiempo, sin embargo...
Es ley de vida. ¿Y qué? ¿Acaso consuela? Lo siento, a mí no. Podemos ir cubriendo nuestra pena y nuestro vacío de muchas maneras. Frases hechas, convencionalismos, pésames universales... Palabras huecas. Son sábanas de fina seda para mitigar un frío polar. Se agradecen, cómo no, pero el frío te llega al tuétano, el calor se lo ha llevado la ausencia.
El tiempo, dicen, lo cura todo. Tal vez, pero siempre queda una pequeña herida sin cicatrizar. Será cosa de la memoria, que se empeña, con sus dedos afilados, en hacer ese fino corte por donde supuramos tristeza.
La tristeza me aterra. Admiro a quien se sobrepone a ella, con valor, tesón, echándole huevos, yo qué sé. A mí me atenaza. Puede llegar a paralizarme. No hay día que no sienta el pellizco del embargo. Pasar por un periodo prolongado de tristeza te hace más fuerte, o eso quiero pensar. Quizá no. El caso es que a mí me sirvió para aprender. Aprender a relativizar, a poner tu mente en orden, a dar importancia a las cosas que, de verdad, la merecen. Sin embargo...
Sin embargo, ahí está. Pugna por salir cada cierto tiempo. Cualquier excusa es buena, hasta la más nimia. Un mal gesto o palabra, la anulación de una cita o la cojera temporal de tu mascota. Hablo de tristeza, pero, tal vez, también hablo de miedo. Miedo al fracaso, al futuro, a la soledad no buscada. Miedo a la muerte, al sufrimiento propio y ajeno, a las vueltas de mi cabeza. Y rabia, claro. Rabia por no haberlo conseguido, por apenas haberlo intentado, por seguir en el punto de partida y, sin embargo, ver la meta más lejos cada día. Menos tiempo cada vez y, cada vez, más frustración. No me gusta la sensación, es oscura y angustiosa, destructiva. Sin embargo...
Sin embargo, esa amarga sensación no deja de ser un refugio. Refugio en el que, una vez aclimatado, puedes llegar a conocerte mejor. Tus miedos y debilidades; tus muchas dudas y escasas certezas; ves el abismo que te rodea, pero también el camino estrecho de salida. Camino angosto, complejo. Pero es el único que hay. Vereda en la que vas soltando lastre, deshaciéndote de lo dañino, sin olvidarlo, para aprender. La senda del aprendizaje. Quizá no exista palabra más bonita. Aprender. Y, sin embargo...
Tengo miedo. 

Dani Paños.