jueves, 18 de diciembre de 2014

El olor de la Navidad

Los vio bajar por la escalera de la calle principal. No le fue difícil olvidarse de ellos, la verdad. Cinco jóvenes extranjeros, con maletas, disfrutando de sus vacaciones navideñas y con la sonrisa dibujada en unas caras cansadas. Le pareció algo tarde para salir de un hotel y recoger el coche. Mucho más para tomar un avión pero, tal vez, debido a las fechas, los horarios eran distintos. Siguió a lo suyo, que no era otra cosa que mirar las cámaras de vigilancia de vez en cuando, terminar de cenar y hablar con el compañero del otro parking mientras se tomaba el café de rigor. Después de eso, la nada. Radio, teléfono móvil y algo de lectura.
Pero la nada, esa noche, no era idéntica a las demás. Algo no marchaba bien. La rutina nocturna es tan desesperante que cualquier cosa te ronronea. La mosca que despista, el sobresalto del camión de la basura, el susto que provoca el reflejo de la propia sombra en el cristal de la garita... y el coche atiborrado de jóvenes que no salía. Un despiste lo tiene cualquiera, pensó. Entre bocado y bocado las musarañas se habían adueñado de su cabeza, no había más. Para qué preocuparse, estaban volviendo a casa, a la estación, al aeropuerto. Sin duda.
No, imposible. No había ningún ticket pagado, el registro no había cambiado desde hacía dos horas y, lo más importante, el coche en cuestión había de pasar necesariamente por delante de sus narices. ¿Y si habían dejado las maletas en el coche y habían vuelto a salir? Eran jóvenes, tal vez querían salir de fiesta en su última noche valenciana. Era raro, de todos modos. Una persona podía pasar desapercibida, ¿pero cinco? ¿En un parking vacío, en una noche de semana festiva? Muchas casualidades.
Miedo, temor o simple preocupación. Difícil de definir. La noche ayuda mucho a que esos pensamientos te atrapen. Quizá sólo querían echar un sueño antes de coger el coche, pero se exponía a que hicieran cualquier cosa durante las cuatro horas que le quedaban de trabajo. Bonito dilema. Maldito turno nocturno. Uno acaba acostumbrándose, pero el temor por la integridad física siempre está ahí. Bajar a buscarlos o esperar mirando fijamente las cámaras hasta ver una señal, un movimiento. La cena ya le estaba sentando mal y la cafeína, normalmente inocua para él, aceleraba su pulso y respiración.
La llamada de la nicotina hizo que uno de los chicos saliese de su escondrijo, para evitar molestias a los otros cuatro, supuso. Despreocupado y algo encorvado por el frío, fumaba rápido y dando largas caladas, como el adolescente que sale al balcón en pleno invierno cuando en su casa todos duermen. La imagen captada por la cámara fue ampliada con el doble click del ratón. Por muchas capas de ropa que llevara el fumador, no podía disimular su extrema delgadez. En caso de disputa, ese enemigo no sería tal.
Bajó decidido las escaleras hasta el último sótano, intentando hacer el menor ruido. Cuando le faltaban dos pisos le invadió un olor nauseabundo. No le prestó mucha atención, pues los malos olores bajo tierra son norma. Llegó hasta el escondite de los cinco, un punto ciego donde el ojo electrónico no llegaba, probablemente estudiado en horario diurno, cuando el trajín de coches y personas les hacía pasar inadvertidos. Su miedo no tardó en tornarse en desolación. Tres chicos y dos chicas se cubrían con mantas y sacos de dormir. Poca cosa más llevaban en las maletas, maltratadas por el tiempo y la intemperie.
Le sorprendió la mirada de desaprobación que una de las chicas le dedicó al fumador. Por tu puta culpa, parecían decir sus ojos. No le faltaba razón. En esos ojos, así como en las caras de sus compañeros, se adivinaban rasgos gitanos, del este de Europa. Entre ellos hablaban un francés macarrónico, quizás la única lengua que entendían en común. A nuestro protagonista le vino a la cabeza el país vecino y su expulsión de gitanos meses atrás. Justo lo que tenía que hacer él en ese momento, expulsarlos de sus fronteras. Jugarse el puesto de trabajo, dejarlos dormir y que los descubriese un compañero, su encargado o su propio jefe mediante las grabaciones, o pedirles que se marcharan. Accedieron a lo segundo sin aspavientos ni malas caras, sin problemas. Estaba seguro que los jóvenes leían en su cara la vergüenza que sentía. Subió a su garita para darles el tiempo necesario de guardar sus cosas. Hizo acopio de la poca comida que tenía en la nevera: algo de fruta, un poco de leche, un refresco y el pan sobrante de la cena. Si así conseguía limpiar su conciencia...
Esperó al grupo en la puerta de salida hasta que subieron con el ascensor. Lo primero que vio fue lo que acabó de hundirle. Las mantas y sacos no le habían dejado ver que la chica de mirada reprobatoria estaba embarazada. El alma a los pies, literalmente. Les ofreció la bolsa con comida mirando al suelo. La cogió el fumador, dándole las gracias en ese francés mal hablado y echándose a llorar. Tuvo que tragar saliva varias veces para no acompañarlo.
Salieron dejando tras de sí ese desagradable olor, a pies, a ropa vieja y húmeda, a suciedad. El olor de la pobreza. El olor que no se quita, por mucho tiempo que pase, es el de la vergüenza y la hipocresía. Eso sí es sucio.

Dani Paños.

jueves, 4 de diciembre de 2014

En blanco



Es difícil ponerse frente al folio en blanco. O la pantalla, lo mismo da. La sensación de haber empezado algo bonito y doloroso a la vez, algo que te ronronea desde que hacías las redacciones en el cole y en el instituto con buena nota y que por una cosa u otra no has hecho más que aparcar. Siempre te dices a ti mismo que esto no está hecho para ti, que los pájaros en la cabeza son sólo eso, pájaros. Está muy bien eso de hablar contigo mismo sobre el amor, la soledad, las cosas cotidianas, las tuyas y las mías, las de todos. Es muy bonito, en tu cabeza suenan de puta madre, pero… El pánico que te entra al ponerte frente al papel de madrugada en el trabajo, los miedos de encender el ordenador  a la vez que la bombilla se va apagando lentamente. No sé cómo se puede sentir cualquier escritor, pero puedo imaginármelo. Yo, que apenas he escrito treinta páginas medio decentes y ya me siento bloqueado, aburrido, imaginándome por un momento ser algo más porque cuatro amigos me han dicho que está muy bien lo que he publicado en el blog. Ya me vale.
Escritor, vaya palabra. Le tengo demasiado respeto a esa palabra, a ese oficio, como para pretender ser yo algo parecido. Juntaletras, “escribidor” o contador de historias. Todo eso, pese al uso peyorativo que se hace de algunas de esas palabras, es algo que puedo desear. En mi cabeza dan vueltas miles de historias. Deslavazadas, inconexas, por completar. La mayoría son recuerdos de la niñez, de la juventud, algunas muy cristalinas, pues las viví en primera persona; otras me las invento, pues me las contaron de tantas maneras y tan distintas personas que prefiero hacer de ellas una historia nueva, con sus pedazos de verdad (reconocibles para cualquiera) y sus trocitos de leyenda. Me gusta partir de una historia real y adornarla por aquí y por allá. Soy del pensamiento de que no se puede escribir sobre algo de lo que no se sabe, algo desconocido. No podría inventarme una Tierra Media ni una Torre Oscura, ni un Cthulhu ni tan siquiera un hada madrina o algo similar. Eso se lo dejo a los genios. Mi sitio está en mi barrio, mi gente, mis vecinos. Costumbrismo o no, es lo único que me sale medio bien. Sé bien lo que sucede a mi alrededor, lo que preocupa a los que me rodean, pues es lo mismo que me preocupa a mí. Mis desvelos no son otros que los miedos de quedarme en paro, la soledad no buscada, el desamor, el hambre y la pobreza. Algo universal, me atrevo a decir. Vamos, que no invento nada, ni lo pretendo, claro. A veces consigo plasmarlo sobre el terrorífico folio en blanco; otras, como hoy, os cuento que estoy bloqueado y empiezo a divagar y soltar lo primero que me viene a la cabeza.
Ojalá supiera, me digo todos los días. Siempre he sido tímido, bastante introvertido menos con los que me quieren. Y aún así, sigo siendo un tipo raro, muy observador y callado. Escribir sobre lo que me preocupa o me intriga, sobre las cosas más mundanas, es una manera de desnudarme delante de la gente, ya sea conocida o no. Estos paseos del blog no dejan de ser eso, paseos por mi mente, pensamientos que están ahí, que a veces salen y la mayoría de las ocasiones no. Una manera de darme a conocer, a vosotros y, sobre todo, a mí mismo. Alguien me dijo una vez que hay que ser muy valiente para enseñar algo de tu puño y letra, quedarte en cueros y ser escudriñado. No sé. Yo siempre me vi demasiado cobarde, tal vez esto sea un asidero para no caer e intentar escalar hacia la valentía. Sigue dándome una vergüenza tremenda enseñar cualquier cosa escrita, pero es una especie de terapia conmigo mismo. Me enfado a menudo conmigo, por haber hecho o no haber dicho. Hacer esto, mal que bien, me da una especie de paz, aunque sea momentánea. Sentirme bien conmigo mismo, un par de horas, o menos, expulsando un par de demonios y algún sapo a través del teclado. Sumergirme en mi mente e intentar decir(me) algo, con una probable mala respuesta o la nada más absoluta.
Escribir o teclear para otros debe ser bonito, sabiendo que te van a leer, formando parte de ellos de una manera u otra. Yo, de momento, me conformo con saber que soy capaz de mirar dentro de mí y reconocerme, aunque sea un poco. 

Dani Paños