Nadie sabe qué le pasó a Pepe, el de las figuras de barro, tras la Copa
América. Apareció por la playa poco antes del temido efecto 2.000 y se
le perdió la pista cuando los veleros de nombres impronunciables
brincaban las olas de nuestro litoral. No es que los barcos tuvieran
nombres raros, que también, simplemente nos sonaba todo a chino. Parece
mentira, pero un barrio marinero era completamente ignorante sobre los
asuntos de la vela. Orgullosamente, me atrevería a decir.
Pepe desapareció tras ese verano. Comentaba a menudo que no soportaba
esa opulencia, el descaro del nuevo rico comiendo delante del pobre. Le
fastidiaba la mala educación, la soberbia de cuatro niñatos venidos a
más gracias a pelotazos en forma de ladrillo. Miradas altaneras que le
hacían más daño que luchar contra el alcohol o la heroína.
Todo esto me lo contaba durante los años que estuvo vendiendo figuritas
de barro y haciendo castillos de arena al pie del paseo marítimo. Yo
trabajaba de camarero en verano, fines de semana y todos los festivos
del calendario, ya fuera para pagarme estudios, vicios o ser un poco
independiente. Independencia, eso es lo que más valoraba Pepe de su
situación. No rendir cuentas, sin explicaciones, hacer lo que le viniera
en gana. Hablando con él, parecía que su vida en la calle era algo
elegido y no la consecuencia de una juventud dura dos décadas atrás.
"Dormir en Valencia es gloria, peor sería en Teruel", decía sonriendo
convencido.
Para Pepe, el verano duraba aproximadamente diez meses, desde Fallas
hasta Navidad. No era raro verlo con una simple camiseta varias tallas
más grande que la suya o, directamente, sin ella, dejando al desnudo su
piel ennegrecida y magra, sin rastro de grasa, como cualquier yonqui
veterano. Pero él no. A Pepe se le veía fuerte. Llamaba la atención la
anchura de su espalda y unos brazos fuertes, que infundían respeto. Él
decía que era el resultado de trabajar la arcilla y levantar castillos
de arena, de llevar el peso de toda una vida, la suya, a cuestas. Viendo
sus labores artesanales costaba trabajo creerlo.
Sus castillos, o fortalezas, como le gustaba llamarlos, no eran más que
moles de arena absurdas, como las que puede hacer cualquier niño en la
orilla, con cuatro ventanucos y una mal llamada puerta asimétrica. Se
asemejaban más a una casa antigua de pueblo, con las paredes
desniveladas de soportar tantas capas de arena y cal. Sus faenas con la
arcilla no mejoraban mucho. Eran su especialidad los soles y las lunas,
platos llanos y sonrientes de casi medio kilo de peso, endurecidos y
secados al sol. Si había suerte y dinero, les daba una capa de barniz
para que tuvieran aspecto de haber sido horneados. El resultado era una
suerte de máscara carnavalesca atrofiada. No se le podía negar el
esfuerzo, con cada figurita tardaba un mínimo de tres días, aunque el
final no fuera el esperado. A veces se aventuraba con otros temas:
tortugas, dragones y duendes que invariablemente acababan pareciéndose a
su perro.
Manolo, su mascota, era un golden retriever de anuncio. Más de medio
metro de altura, color dorado y más bueno que el pan. Contrastaba su
buen aspecto con el desaliño de su amo: pelo largo por los hombros y
barba negra algo distraída. A mí siempre me recordó a Roberto Iniesta,
aunque Pepe nunca había oído hablar de él. Su "amigo Manolo", como a
Pepe le gustaba referirse a su perro, era el que le daba calor en
invierno, pues tampoco se abrigaba mucho más que en los meses de calor.
Calor físico y anímico, porque a excepción de los trabajadores de la
playa, pocos amigos hacía. Manolo lo acompañaba a todas partes, incluso
en algún viaje en autobús urbano, cuando Pepe fingía ser invidente. La
picareca española, dicen. Y picaresca era lo que tenía que poner en
práctica, pensábamos los que conocíamos a la extraña pareja, para poder
alimentarse él y su compañero. En las pocas ocasiones que le veíamos
comer, Pepe siempre echaba mano de latas de conservas, fiambre y pan
duro conseguido a última hora en algún restaurante. A Manolo nunca le
faltó ni el mejor pienso ni los mejores patés, que Pepe guardaba en una
mochila que ya era vieja cuando iba al colegio.
Esa época, la del colegio y su mochila parcheada que guardaba desde
entonces, fue la que nos contó una mañana lluviosa de septiembre con la
playa, lógicamente, ya desierta de veleros y turistas. Llegó a primera
hora y quería desayunar. Venía con una sonrisa amplia, luminosa, ya que
había cobrado su pensión. La pensión no era otra cosa que la ayuda que
le pasaba mensualmente su hermana menor, a escondidas de su padre, pues
lo había repudiado desde su etapa de universitario rebelde.
Empezó a untarse la mantequilla y la mermelada en el pan tostado,
dejando un cuarto de cada envase sin tocar. Ante nuestra extrañeza, pues
sabíamos que a Manolo no le daba comida dulce, nos contó que era
costumbre en su casa dejar sobras para el servicio, por si querían
comérselo cuando él y su familia salían por la puerta. "Siempre fuimos
unos burgueses, eso lo sé ahora, pero para mí era normal. Burgueses,
pero en el cole nos llamaban aristócratas". Dueños de un palacete, su
familia paterna era propietaria de una empresa metalúrgica venida a
menos en un pueblo al norte de Valencia. Tenis, natación y deportes de
mar. Educación estricta en colegios de pago. Todo dirigido y planificado
para heredar la empresa paterna desde que acabó su feliz infancia. A
Pepe le interesaba más el arte y las letras que la economía y las leyes.
Comenzó a distanciarse del camino marcado. Conoció las drogas en el
peor momento, si es que hubo alguno bueno, en los ochenta, cuando la
heroína hacía estragos.
Poco más nos pudo contar antes de desaparecer de la playa a los pocos
días. Los borrosos recuerdos le ensombrecían el rostro y le anudaban la
garganta. Pero aún le dio tiempo a narrarnos su último secreto, tal vez
delirio, para dar consistencia a su relato. Conservaba celosamente la
mochila con la comida de su alter ego porque era el cordón que le ataba a
los recuerdos de una infancia feliz, casi perdida en su memoria a causa
del vino y el caballo. Una infancia donde Pepe se llamaba Manuel.
Dani Paños.
Publicado en http://solopormolestaros.blogspot.com.es/2014/10/figuras-de-barro.html el 10 de octubre de 2014.
jueves, 20 de noviembre de 2014
El caminante
Todos en el barrio conocían a G. Era un tipo que estaba muy jodido.
Jodido de la cabeza. Pero no como tú o como yo, con nuestras comeduras
de tarro por ésto o por aquello, lo que le puede preocupar al común de
los mortales. No. Este del que os hablo estaba chungo. Yo ya lo conocí
así, pues me sacaba unos cuantos años. Como a cualquier personaje del
que se desconoce buena parte de su pasado, a éste le envolvía un aura de
leyenda. Nadie sabía por qué se había quedado así, digamos "loco". Unos
decían que por una hostia en moto. Los más jóvenes siempre pensamos que
era por los últimos años de la ruta, duros en cuanto a drogas se
refiere. Tal vez fuera una combinación de ambos factores. Realmente, ¿a
quién le importaba? Era uno más de la pintoresca fauna que poblaba el
barrio en el cambio de siglo.
G era el mayor de sus hermanos en una familia muy numerosa. Hijo de unos padres alcohólicos, de los que pagan con su pensión las deudas contraídas el mes anterior en los distintos bares vecinos. Peculiar pareja, de las que se tiraban los trastos a la cabeza, literalmente, que iban encontrando rebuscando en la basura. Los gritos del matrimonio los podías oír a dos calles de distancia, discusiones ininteligibles y probablemente sin fundamento, pero en las que les iba la vida. Lo cómico era la reconciliación, con achuchones y besos apasionados al lado del contenedor. G a veces les acompañaba, o ellos a él, pero G era un alma libre.
Su aspecto, para los que no lo conocían, resultaba cuando menos intimidante. No era grande ni aparentemente fuerte. Cuatro dedos le hacían superar el metro y medio y su peso no alcanzaría la categoría pluma. Era la mirada perdida y estrábica, el pelo ralo y sucio pegado a la frente, la ausencia de caninos e incisivos y el moco perenne colgando del bigote descuidado lo que hacía que apartases la vista. Una mezcla entre miedo y asco. Nada más lejos. G era completamente inofensivo. El objetivo de sus ataques era las calles, aceras, calzadas. Andar. Era lo único que sabía hacer. Andar por el barrio, por el de al lado, por el de más allá. No era raro encontrarlo por el centro de la ciudad, caminando decidido entre los paseantes mirones de escaparates, cruzando las plantas de los grandes almacenes hasta que lo interceptaba cualquier vigilante y lo conducía a la salida. G no se inmutaba. Parecía el típico coche teledirigido que choca contra una pared y cambia automáticamente de sentido. Sonrisa mellada en la boca y ni una mala palabra. Tampoco podía articular muchas, pues el "accidente" le había afectado al habla. Le llegaba a lo justo para pedir dinero, tabaco y echarse unas coplillas, arrancándose por palmas con esas manos que parecían abanicos. El espectáculo no merecía más que cinco duros o un cigarro, pues no duraba más de diez segundos, tras los cuales extendía su mano, más negra y sucia que el túnel de sus dientes.
Tampoco era raro verlo diciendo a todo el que se cruzaba con él que se volvía para su tierra, el sur. Iba convencido de llegar andando, sin agua ni provisiones para el viaje. Dos horas más tarde lo volvíamos a ver, cansado de buscar el camino, preparándose para intentarlo al día siguiente. Esos días en los que nada le salía, cogía un pequeño megáfono y salía a ofrecernos su arte de madrugada, sentado en un banco o en los asientos de la parada de autobús. Si el mundo se ponía en su contra, él aullaba por soleares, hasta que algún vecino lo ahuyentaba a gritos o algo peor.
Un día de verano, camino de la playa, encontramos a G a pleno sol, sentado en el paseo marítimo, abrigado hasta la barbilla peluda con una chaqueta militar con la bandera patria. Lloraba a lágrima viva. "Ha enloquecido definitivamente", pensamos todos. Al contrario. Había tenido un momento de lucidez y le había venido a la memoria recuerdos de quince años atrás. Sostenía entre sus manazas "la blanca", la licenciatura militar, junto con documentación antigua. Pudimos comprobar que sí, había sido un chico "normal". Nada más pudimos saber de G, se levantó y se fue sollozando bajo el sol agosteño, secando sudor y lágrimas con los documentos ajados.
G murió hace unos años. En su enésimo intento de volver a sus raíces, a su tierra prometida, un coche se cruzó en su camino. El golpe fue seco y certero. Tal vez se despistó, tal vez vio a algún fumador generoso, quizá una moneda brillante en el suelo le hizo apartar la mirada de la carretera, no lo sabemos. El terco coche teledirigido se quedó sin pilas.
Dani Paños.
Publicado en http://solopormolestaros.blogspot.com.es/2014/08/el-caminante.html el 28 de agosto de 2014.
G era el mayor de sus hermanos en una familia muy numerosa. Hijo de unos padres alcohólicos, de los que pagan con su pensión las deudas contraídas el mes anterior en los distintos bares vecinos. Peculiar pareja, de las que se tiraban los trastos a la cabeza, literalmente, que iban encontrando rebuscando en la basura. Los gritos del matrimonio los podías oír a dos calles de distancia, discusiones ininteligibles y probablemente sin fundamento, pero en las que les iba la vida. Lo cómico era la reconciliación, con achuchones y besos apasionados al lado del contenedor. G a veces les acompañaba, o ellos a él, pero G era un alma libre.
Su aspecto, para los que no lo conocían, resultaba cuando menos intimidante. No era grande ni aparentemente fuerte. Cuatro dedos le hacían superar el metro y medio y su peso no alcanzaría la categoría pluma. Era la mirada perdida y estrábica, el pelo ralo y sucio pegado a la frente, la ausencia de caninos e incisivos y el moco perenne colgando del bigote descuidado lo que hacía que apartases la vista. Una mezcla entre miedo y asco. Nada más lejos. G era completamente inofensivo. El objetivo de sus ataques era las calles, aceras, calzadas. Andar. Era lo único que sabía hacer. Andar por el barrio, por el de al lado, por el de más allá. No era raro encontrarlo por el centro de la ciudad, caminando decidido entre los paseantes mirones de escaparates, cruzando las plantas de los grandes almacenes hasta que lo interceptaba cualquier vigilante y lo conducía a la salida. G no se inmutaba. Parecía el típico coche teledirigido que choca contra una pared y cambia automáticamente de sentido. Sonrisa mellada en la boca y ni una mala palabra. Tampoco podía articular muchas, pues el "accidente" le había afectado al habla. Le llegaba a lo justo para pedir dinero, tabaco y echarse unas coplillas, arrancándose por palmas con esas manos que parecían abanicos. El espectáculo no merecía más que cinco duros o un cigarro, pues no duraba más de diez segundos, tras los cuales extendía su mano, más negra y sucia que el túnel de sus dientes.
Tampoco era raro verlo diciendo a todo el que se cruzaba con él que se volvía para su tierra, el sur. Iba convencido de llegar andando, sin agua ni provisiones para el viaje. Dos horas más tarde lo volvíamos a ver, cansado de buscar el camino, preparándose para intentarlo al día siguiente. Esos días en los que nada le salía, cogía un pequeño megáfono y salía a ofrecernos su arte de madrugada, sentado en un banco o en los asientos de la parada de autobús. Si el mundo se ponía en su contra, él aullaba por soleares, hasta que algún vecino lo ahuyentaba a gritos o algo peor.
Un día de verano, camino de la playa, encontramos a G a pleno sol, sentado en el paseo marítimo, abrigado hasta la barbilla peluda con una chaqueta militar con la bandera patria. Lloraba a lágrima viva. "Ha enloquecido definitivamente", pensamos todos. Al contrario. Había tenido un momento de lucidez y le había venido a la memoria recuerdos de quince años atrás. Sostenía entre sus manazas "la blanca", la licenciatura militar, junto con documentación antigua. Pudimos comprobar que sí, había sido un chico "normal". Nada más pudimos saber de G, se levantó y se fue sollozando bajo el sol agosteño, secando sudor y lágrimas con los documentos ajados.
G murió hace unos años. En su enésimo intento de volver a sus raíces, a su tierra prometida, un coche se cruzó en su camino. El golpe fue seco y certero. Tal vez se despistó, tal vez vio a algún fumador generoso, quizá una moneda brillante en el suelo le hizo apartar la mirada de la carretera, no lo sabemos. El terco coche teledirigido se quedó sin pilas.
Dani Paños.
Publicado en http://solopormolestaros.blogspot.com.es/2014/08/el-caminante.html el 28 de agosto de 2014.
Los suyos
Siempre fue un buen chico, eso decían. Un chico empático. El lugar del
otro era, invariablemente, el suyo. Por su genética, por su historia,
por su entorno, le costaba no estar al lado del oprimido, del más débil,
del que nada tenía que perder pues todo le fue arrebatado. Nunca el
dolor ajeno le fue tal. Sufría con las miserias de la gente, sentía el
frío del sin techo, la angustia del parado. Las caras de los niños
pobres, mocosos y famélicos, le deshacían las entrañas y la imagen de
las putas explotadas de la periferia, su barrio y los barrios vecinos,
le ahogaban el alma. No encontraba explicación a que el ser humano
pudiera ser tan depravado para dejar morir de hambre y frío a sus
iguales. "Habrá más gente como yo, estoy seguro", se repetía
constantemente desde su insignificancia. Gente que tenga el dolor a flor
de piel, que sufra por las desgracias ajenas y no tan ajenas,
luchadores, incansables. De los suyos, al fin y al cabo.
No tuvo una infancia cómoda, como cualquiera de su alrededor, pero sí apañada. Ni el plato caliente a la mesa ni el abrigo faltó en invierno. Caprichos, los justos: Coca-Cola sólo los domingos, chándal y vaqueros remendados, cuando no heredados, pero, como digo, las necesidades básicas bien cubiertas. Otra necesidad, o vicio según algunos, era la lectura. Rodeado de libros y tebeos desde bien pequeño por el buen hacer de su familia, autodidacta como tantas otras en la época. En aquellas páginas encontraba el refugio y el calor que su interior a veces necesitaba. Imaginó mundos perfectos, donde el hambre y la miseria eran cosas pretéritas, en los que la risa y la alegría habían llegado para quedarse, para llenar a los suyos.
Este chico crecío y fue un hombre. Leyó, estudió, trabajó y aprendió. Encontró por fin a los suyos, gente preocupada por las mismas cosas que él, dolidos, sufrientes. Halló hombros sobre los que llorar y espaldas fuertes sobre las que compartir mochilas de penas y miserias. No todo eran lamentos, qué duda cabe. Hubo risas, muchas. Y diversión, casi a cada hora. Grupo heterogéneo, pero con objetivos meridianos: apoyarse mutuamente, repartir tristezas y arreglar el mundo, poca cosa. Amistad, o eso creía.
No tuvo una vida cómoda, como dije, y claro, tuvo que trabajar desde bien joven, algo que nunca le importó, pues pensaba que era lo normal entre los chicos de su edad y además ayudaba en la economía familiar al hacer que en su casa tuvieran un problema menos. La vida laboral le dio buenas alegrías, económicas sobre todo, pero también sus mayores dolores de cabeza. Conoció la depravación del ser humano, todos los defectos posibles, encarnados en las figuras de sus superiores. Egoístas, rastreros, ladrones, todo lo que se pudiera decir de ellos se quedaba corto.
Tras casi dos lustros de aguantar un goteo incesante de desprecios y humillaciones, se percató de que el hombre empático, aquél buen chico de años atrás, había desaparecido. El odio lo consumía, lo corroía como al metal más barato se lo come el óxido. También descubrió que los suyos ya no lo eran tanto. Muchos hombros resultaron ser impermeables y otras tantas espaldas bastante más estrechas de lo que pensaba. Las risas tan frescas de antaño se tornaron enlatadas, de comedieta de medio pelo, de cerveza a un euro. Personas que se habían vendido muy bien, pero que a él le tocaba ahora pagar los intereses. La alegría ajena se convertía en dolor propio y lo que antes le hacía daño por cercano, ahora era un acicate para soportar mejor su desgracia. "Que se jodan", pensaba a todas horas. Estaba a punto de convertirse en lo que más había odiado siempre, una persona insensible, egoísta, despreciable.
Pero quien tuvo, retuvo. Decidió dar un golpe en la mesa y transformar todo ese odio en fuerza. "El odio es un buen combustible", se decía machaconamente, a diario. Y tanto que lo era. Quemaba, abrasaba lo que se ponía a su alcance, pero hizo que redoblara su energía, su empuje. Ese fuego hizo también que los que no eran tan suyos se alejaran del todo y se acercaran los irreductibles, los que se cuentan con las dos manos y tal vez un pie, los que sienten el mismo frío y el mismo nudo en el estómago, aquéllos que comprendían cada paso que daba aquél hombre, tal vez equivocado, seguramente en lo cierto.
Por una vez, aunque se adivinara la sombra de la derrota, se sentía ganador, imbatible, pues, en definitiva, los suyos, los de verdad, lo acompañaban.
Dani Paños.
Publicado en http://solopormolestaros.blogspot.com.es/2014/07/los-suyos.html el 30 de julio de 2014.
No tuvo una infancia cómoda, como cualquiera de su alrededor, pero sí apañada. Ni el plato caliente a la mesa ni el abrigo faltó en invierno. Caprichos, los justos: Coca-Cola sólo los domingos, chándal y vaqueros remendados, cuando no heredados, pero, como digo, las necesidades básicas bien cubiertas. Otra necesidad, o vicio según algunos, era la lectura. Rodeado de libros y tebeos desde bien pequeño por el buen hacer de su familia, autodidacta como tantas otras en la época. En aquellas páginas encontraba el refugio y el calor que su interior a veces necesitaba. Imaginó mundos perfectos, donde el hambre y la miseria eran cosas pretéritas, en los que la risa y la alegría habían llegado para quedarse, para llenar a los suyos.
Este chico crecío y fue un hombre. Leyó, estudió, trabajó y aprendió. Encontró por fin a los suyos, gente preocupada por las mismas cosas que él, dolidos, sufrientes. Halló hombros sobre los que llorar y espaldas fuertes sobre las que compartir mochilas de penas y miserias. No todo eran lamentos, qué duda cabe. Hubo risas, muchas. Y diversión, casi a cada hora. Grupo heterogéneo, pero con objetivos meridianos: apoyarse mutuamente, repartir tristezas y arreglar el mundo, poca cosa. Amistad, o eso creía.
No tuvo una vida cómoda, como dije, y claro, tuvo que trabajar desde bien joven, algo que nunca le importó, pues pensaba que era lo normal entre los chicos de su edad y además ayudaba en la economía familiar al hacer que en su casa tuvieran un problema menos. La vida laboral le dio buenas alegrías, económicas sobre todo, pero también sus mayores dolores de cabeza. Conoció la depravación del ser humano, todos los defectos posibles, encarnados en las figuras de sus superiores. Egoístas, rastreros, ladrones, todo lo que se pudiera decir de ellos se quedaba corto.
Tras casi dos lustros de aguantar un goteo incesante de desprecios y humillaciones, se percató de que el hombre empático, aquél buen chico de años atrás, había desaparecido. El odio lo consumía, lo corroía como al metal más barato se lo come el óxido. También descubrió que los suyos ya no lo eran tanto. Muchos hombros resultaron ser impermeables y otras tantas espaldas bastante más estrechas de lo que pensaba. Las risas tan frescas de antaño se tornaron enlatadas, de comedieta de medio pelo, de cerveza a un euro. Personas que se habían vendido muy bien, pero que a él le tocaba ahora pagar los intereses. La alegría ajena se convertía en dolor propio y lo que antes le hacía daño por cercano, ahora era un acicate para soportar mejor su desgracia. "Que se jodan", pensaba a todas horas. Estaba a punto de convertirse en lo que más había odiado siempre, una persona insensible, egoísta, despreciable.
Pero quien tuvo, retuvo. Decidió dar un golpe en la mesa y transformar todo ese odio en fuerza. "El odio es un buen combustible", se decía machaconamente, a diario. Y tanto que lo era. Quemaba, abrasaba lo que se ponía a su alcance, pero hizo que redoblara su energía, su empuje. Ese fuego hizo también que los que no eran tan suyos se alejaran del todo y se acercaran los irreductibles, los que se cuentan con las dos manos y tal vez un pie, los que sienten el mismo frío y el mismo nudo en el estómago, aquéllos que comprendían cada paso que daba aquél hombre, tal vez equivocado, seguramente en lo cierto.
Por una vez, aunque se adivinara la sombra de la derrota, se sentía ganador, imbatible, pues, en definitiva, los suyos, los de verdad, lo acompañaban.
Dani Paños.
Publicado en http://solopormolestaros.blogspot.com.es/2014/07/los-suyos.html el 30 de julio de 2014.
La despedida
¿No te acuerdas? Hemos pasado por todo tipo de situaciones. Sí, ya sé que antes hubo otra, cosas de la niñez, supongo. Yo ni me acordaba, pero ahí estabas tú para recordármelo. Llegaste para ocupar su vacío, rompiendo lo anterior desgarradora y lentamente. Más madura y experta, dura como una roca. Eras todo fuerza. Yo lo fui asimilando poco a poco, cegado como estaba, sin apenas darme cuenta. Desde entonces, ni un día separados.
Los dolores de cabeza que me has dado no se los deseo ni a mi peor enemigo. Noches en vela, de los nervios; gritos y lágrimas ahogados en fármacos; llantos rabiosos por no saber qué hacer contigo. Me hubiera tirado por la ventana. Muchas, demasiadas discusiones, para qué lo vamos a negar. Y, no te olvides, siempre he sido yo el que ha dado el brazo a torcer. Me rebajaba y lo arreglaba, una y otra vez. Cuando salíamos de casa tras esos enfados todo el mundo decía: "qué bien que os hayáis arreglado", "al fin y al cabo hacéis buen equipo". Yo, cada vez más hundido y cabizbajo y tú ahí, orgullosa, reluciente. Qué cinismo el tuyo.
Mis reproches también esconden buenos recuerdos. Hemos viajado, siempre que la economía lo permitía. ¿El susto que me diste en París? Lo habrás olvidado, seguro. No pasa nada. Me quedo con los veranos de copas de helado, de noches en la playa con cerveza en la nevera. También con las largas tardes de café en invierno, fumando un cigarro tras otro, hablando de cualquier tontería. Si miro atrás veo muy buenos momentos. Comiendo pipas en la orilla de la playa, palomitas y chucherías en la sesión golfa, bocadillos imposibles de madrugada tras una borrachera. Lo pasamos en grande, es cierto.
Pero la historia toca a su fin. Lo he consultado con mucha gente, algunos amigos y familiares, y creo que lo mejor es que lo dejemos. Me cuesta mucho trabajo soportar tus puñaladas. Joder, es que ni un solo día puedo estar sin hacerte caso, te picas constantemente y yo ya no me siento con fuerzas para arreglar lo nuestro.
Te he cuidado lo mejor que he podido. Te pido perdón si no lo hice bien y no estuve a la altura cuando tocaba. Tal vez te dejé de lado en algún momento y por eso reclamabas mi atención a todas horas. ¿Ves? El maldito orgullo que me vuelvo a tragar. Pero se acabó, esta es la última vez, te lo aseguro. Hoy corto con esto de raíz, para siempre... He de hacer esa llamada.
-Clínica dental, ¿dígame?
Dani Paños.
Publicado en http://solopormolestaros.blogspot.com.es/2014/06/la-despedida.html el 5 de junio de 2014.
Sobre la piel
Mediando la treintena. Quién lo diría, joder. Parece que fue ayer,
tal vez lo fuese, cuando sobre mi piel arenosa y engravillada
correteaban docenas de pies saltarines como pelotas, redondas como
canicas relucientes, como el sol que sale a mi espalda por levante, ese
sol que desde mayo comienza a morder en la piel, la mía y la del que se
atreve a jugar sobre mi anatomía cuadrilátera. Eso soy: un cuadrado
flanqueado por cuatro edificios residenciales, cuatro brazos de ladrillo
visto, siete alturas y no muy bonitos, para qué nos vamos a engañar. En
dos esquinas hay placas que dicen que soy plaza. Yo prefiero llamarme
parque. Parque soy desde que en medio me pusieron media docena de
columpios, en la mitad de un foso de arena, redondo, a modo de ombligo,
que hacía las delicias de los niños. Unos niños alegres, pese a sus
rodillas peladas y ensangrentadas y sus manos negras. Mucha piel
arranqué de esos enanos juguetones, impasibles al frío o el calor, el
viento o la lluvia. ¡La lluvia! De qué manera me harían que cuando caían
cuatro gotas pensaba que en cualquier momento me ahogaría. Inundado por
una tormenta de verano y me quedaba solo una semana, mirando a
hurtadillas a todo el que pasaba, incitándolo a jugar conmigo. Esos
ansiosos jugadores estaban atados por la correa invisible de la mirada
severa de sus padres, sentados a mi alrededor en esos bares de antes,
grasientos, con una mezcla de olores densos, como el ajoaceite de las
bravas y el Ducados del camarero apoyado en la barra. Sin embargo, nunca
estuve solo del todo en aquella época. Siempre vino a hacerme compañía
el chapoteador de botas de agua relucientes, la gimnasta con sus gomas
elásticas, el gitanillo descalzo y despreocupado o el yonqui furtivo.
Curiosa mezcla. Esto lo cuentas tan normal y no te creen. En mi
infancia, mientras las niñas se columpiaban en mi ombligo de arena y los
niños jugaban a fútbol, los yonquis se rompían las venas en las zonas
verdes, detrás de palmeras, moreras y arbustos. Ya ves, tanto se
escondían que algunos no encontraron la salida. Escondrijo y ataúd, por
el mismo precio. Qué cosas, tanta vida e inocencia rodeada de
podredumbre y muerte. Esta anormalidad era mi rutina. Mis niños me
agujereaban la piel para jugar al guá y mis mayores parecían un colador,
unos jugaban con los cromos y otros con el pegamento.
Pero la paciencia se agota, se pierde, y los vecinos explotaron. Una patrulla ciudadana, una cuadrilla nocturna que corta el paso, un año de concentraciones con cargas policiales en mi brazo de poniente... El tratamiento surtió efecto, qué duda cabe. El agente tóxico desapareció, pero el miedo y el hastío ya se habían instalado. Mis compañeros de juegos ya no eran tales, crecieron y me cambiaron por otros juegos más pequeños y modernos, de los que ni un amigo te hace falta para estar horas encerrado en tu habitación. Muerto el perro, se acabó la rabia. Y menuda rabia: del libre albedrío a la soledad más absoluta. Alguna mierda de perro y una pelota de plástico el fin de semana eran mi única compañía.
Pero el paso del tiempo hace su efecto y las hormonas también. Más pelo, más curvas, más centímetros. El silencio de años anteriores se fue trocando por electroflamenco, música techno y rap o rock, según la esquina. Las bicis eran más pesadas y ruidosas. Ya no era sólo el sol lo que me quemaba la espalda, también esas piedrecitas calientes, estrellas fugaces de aroma dulce y penetrante. Cualquiera de mi edad sabe de lo que hablo. Yo los recibí, por supuesto, con mis cuatro brazos abiertos. No se habían olvidado de mí, pero había cosas que no cuadraban. ¿Por qué nadie jugaba conmigo? ¿Dónde estaba la energía de años atrás? Hablar, fumar, hablar, bolsa de pipas, litro de cerveza. Y no hubo un solo cambio en años. Los hierros se oxidaron, los bancos se rompieron, los arbustos se secaron. Me abandoné, en resumen. Los niños se hicieron mayores definitivamente y nadie vino a relevarlos. Además, ¿quién querría jugar sobre mí? Un aspecto tan desaliñado echa para atrás a cualquiera. ¿Quién podría compararse con la confortabilidad de una habitación con tele y ordenador? Nadie sería tan osado. Los malos olores y algunos animales volvieron a hacerme compañía.
Siempre he presumido de buena memoria, pero no alcanzo a recordar el día que vinieron a lavarme la cara y adecentarme. Apostaría que fue poco antes de una fiesta, de la democracia creo que la llaman. Afeitaron mis arbustos; rejuvenecieron mi piel, ajada y áspera, y la dejaron mucho más fina y limpia; taparon mi vientre anillado y lo sustituyeron por una alfombra plástica con columpios asépticos ausentes de metal. Un parque resucitado, en la flor de la vida, que dirían algunos. Me desperecé, ansioso de abrazar a nuevos mocosos brincando, a chiquillas vivarachas...
Mi gozo en un pozo. Estaba como nuevo y como nuevo me quedé un lustro más. Tal vez, mi aspecto descuidado y mi pasado más lejano habían hecho mella en mis vecinos. Quiero pensar que siempre fui bueno o por lo menos lo intenté pero, quién sabe, contra la memoria ajena y tu historia rara vez puedes luchar. Me consolaba con la tontería ésa de que el signo de los tiempos había cambiado y era víctima de la modernidad. A la mierda, estaba depresivo, no engaño a nadie.
Y de repente, la crisis. Crisis. Todo el mundo hablaba de ella. Economía, desempleo, tristeza. Abuelos, temerosos de perder la pensión; padres y madres en paro; jóvenes, con estudios o sin ellos, aburridos y viéndolas venir. Al final se dieron cuenta de que esa palabra tan de moda no les era desconocida, pues crisis era el estado natural de todos ellos. Mi estado natural pasó paulatinamente de depresivo y tristón a feliz moderado. Los abuelos pasearon a mi alrededor y descansaron en los nuevos bancos, algunos padres se sentaron en los bares, los más jóvenes dieron color a las esquinas y mis niños, con los que yo crecí, trajeron a los suyos a jugar conmigo. Los achucho, intento cuidar de ellos y miro de reojo intentando hacer recuento de todos aquellos que pasaron la niñez conmigo.
Me falta gente, lo sé. Yo me hago el despistado, que no se me note. Algunos no volverán, una verdadera pena. Otros sé que ni siquiera una visita suya recibiré, siempre fueron demasiado buenos para mí. O yo demasiado malo, quién sabe.
Dani Paños.
Publicado en http://solopormolestaros.blogspot.com.es/2014/05/sobre-la-piel.html el 12 de mayo de 2014.
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