sábado, 31 de octubre de 2015

Cobarde

A qué mala hora se puso a pensar. En el pasado nebuloso, en el oscuro futuro, en el más que negro presente. Se dio cuenta de que no había conseguido apenas nada de lo que se había propuesto en aquellos locos años de estudios en la facultad. Bueno, locos sería demasiado decir. Salir algún jueves que el trabajo se lo permitía; los sábados a partir de las tres de la madrugada cuando todo el mundo iba más que borracho o drogado en los clubs de moda; o cualquier día entre semana a esos mismos antros con las mismas caras y gestos de abstracción de la realidad, pero con idiomas extraños. No se puede decir que lo pasara mal, tampoco bien. Era simple inercia. La misma que le hacía quedarse en la cafetería de la facultad a base de cervezas o cafés, dados o cartas, pasando de entrar a clase, tirando el dinero que tanto le había costado conseguir trabajando. O precisamente por eso, para darse el gusto de hacer algo por su propia iniciativa, algo que no fuera lo que se esperaba de él, saliéndose de la aburrida normalidad. ¿No se lo pagaba él? Pues él haría lo que le saliera de los huevos con su dinero. Otros se lo gastaban en porros engañando a sus padres con el precio del alquiler de sus pisos de estudiantes.
La mediocridad de su expediente le daba absolutamente lo mismo. No era nada nuevo, aplicaba la ley del mínimo esfuerzo desde su entrada al instituto. ¿Bastaba una tarde de estudio? Pues la pasaría tirado en su cama, escuchando música o leyendo, las dos únicas pasiones que tenía desde que tenía uso de razón. Ya vendría el remordimiento a la hora de cenar, o en el desayuno del día siguiente. Un par de lecturas al temario, una cara de cemento redactando y a otra cosa. No siempre salía bien, claro. Los números no eran como las letras, ellos no se dejaban engañar tan fácilmente. Acabó estudiando las lenguas muertas, los autores difuntos, los moribundos pensamientos que habían cambiado el mundo y el fin de la Historia que proclamaban quienes mandaban en las vidas de los pobres. No era mal plan. Estar rodeado de muerte sólo significaba ir a mejor. La libertad y un nuevo mundo se atisbaba tras los exámenes de septiembre.
Y una mierda.
Pronto se dio cuenta de que él no podía competir con quienes no tenían la preocupación de poder llegar a fin de mes. Tampoco le interesaba mucho eso de competir. Por pusilánime, por cobarde, por el terror a fracasar. Nunca lo había hecho y quería seguir así. Total, ¿para qué? Los de su clase siempre pierden. Alguna sonada e inesperada victoria en territorio rival, olvidada ya, como quien olvida el sonido de los cascotes de un derribo esperado, no por ruinoso, sino por la provocada degradación del enemigo.
El enemigo. Uno de tantos con los que se había cruzado (¿y quién no?), pero en especial ése, el mismo que le había sometido a casi una década de vejaciones de guante blanco, de humillaciones que no lo parecían, pues "era lo que había", lo normal; de insultos a su dignidad y la de sus compañeros. Las vueltas que dan algunas tuercas habían dado como resultado la vida al revés, el látigo estaba ahora en manos del dueño de la espalda azotada. Aunque no era precisamente un látigo, ni el enemigo ese gigante que se pavoneaba al entrar por la puerta de su oficina. El filo del cuchillo acariciaba ahora el cuello encorbatado y suplicante.
A qué mala hora se puso a pensar. Él no era así, o eso quería creer. No necesitaba arrancarle nada, ni la vida, ni un jirón de piel, ni siquiera una disculpa a ese hombre. Porque, al fin y al cabo, sólo era eso: un hombre. De los malos, atemorizado, falsamente arrepentido, pero un hombre al que ni su dinero ni su poder le daban en ese momento margen de maniobra. Su vida estaba en manos de un cualquiera, del que conocía su cara pero no su nombre. Uno de tantos a los que odiaba con todas sus fuerzas, las mismas que le abandonaban húmedas por debajo del cinturón.
Abandonó el cuchillo, la garganta, la sangre y el miedo, del uno y del otro, en ese despacho frío y aséptico como un quirófano. Por mucho que sintiera que había ganado, sabía que eso no era ni un empate. Hiciera lo que hiciera de ahora en adelante, hubiera hecho lo que hubiera hecho tras esos cristales, la certeza de que estaría siempre arrepentido no se le iba de la cabeza. Hacer lo contrario de lo esperado siempre había sido lo mejor. Y no lo había hecho. Cobarde.
A qué mala hora se puso a pensar.

Dani Paños.

lunes, 19 de octubre de 2015

No

No puedo disgustarme porque los demás no piensen como yo. No puedo pretender que hagan lo que yo haría por ellos, o por sí mismos. No debo molestarme porque haya esperado algo y siga así, esperando. No he de rabiar por ver las facilidades y oportunidades que a no todos se nos brindan. Mucho menos por ver que a los que sí, no las aprovechan. No puedo sentir envidia de que a este o a aquel les vaya bien, no me lo permito, sería mezquino. Me gustaría mirar a otro lado cuando veo a alguien feliz y siento una punzada de anhelo. Pero no, me obligo, aunque la recompensa sea mínima. No quiero ser como los que huyen cuando vienen mal dadas, como los que callan ante lo injusto o miran de reojo ante cualquier abuso. No deseo ser la mirada morbosa y silenciosa del que mira el accidente mortal desde la multitud ensordecida. No me apetece como propia la risa y la burla ajena. No me gusta ser la palabra más alta ni el puñetazo en la mesa. Mucho menos el insulto del que ya nada puede decir. No quiero ser el "mientras a mí no me toque", el codicioso pisachepas o el chaquetero de mangas y bolsillos amplios. El "te lo dije", el "haber estudiado" o la suficiencia del mandar a leer prefiero tragármelo sin posibilidad de vomitarlo.
No ser, no estar. Ni siquiera parecer.
No me gusta mentir. No miento si digo que, de todos los pecados anteriores, raro es el que no he cometido una y mil veces. Una y mil veces arrepentido, como si sirviera de algo en la mayoría de ocasiones. Supongo que en eso consiste ser humano. Vaya excusa. Ser humano es todo eso, con sus cosas mejores y peores, dicen. Con nuestros fallos y aciertos, con nuestras palabras de más o de menos. ¿En busca de qué? ¿Qué esconden nuestros actos? ¿Por qué y para qué nos levantamos cada día, luchamos (o no), qué nos empuja? ¿El ansia de ser felices, aunque sea a ratitos? Eso dicen también. A saber.
¿Vale la pena luchar? ¿Vale la pena, siquiera, intentarlo? Por supuesto. Quiero pensar que sí, pese a que tenga más días malos que buenos, aunque las peores épocas ganen por goleada a las regulares, no digamos ya a las mejores. No me perdonaría no haberlo intentado: por los que me acompañan, al lado; por los que abrieron el camino y, sobre todo, por los que vienen detrás.
Porque en eso consiste mi idea de felicidad, tal vez equivocada. Hacerme pequeño, mandar a paseo los egoísmos, despojarme de prejuicios y crecer poco a poco con y por los otros. No concibo la felicidad personal si no va acompañada de la felicidad y compañía de los demás.
Dani Paños.