Siempre fue un buen chico, eso decían. Un chico empático. El lugar del
otro era, invariablemente, el suyo. Por su genética, por su historia,
por su entorno, le costaba no estar al lado del oprimido, del más débil,
del que nada tenía que perder pues todo le fue arrebatado. Nunca el
dolor ajeno le fue tal. Sufría con las miserias de la gente, sentía el
frío del sin techo, la angustia del parado. Las caras de los niños
pobres, mocosos y famélicos, le deshacían las entrañas y la imagen de
las putas explotadas de la periferia, su barrio y los barrios vecinos,
le ahogaban el alma. No encontraba explicación a que el ser humano
pudiera ser tan depravado para dejar morir de hambre y frío a sus
iguales. "Habrá más gente como yo, estoy seguro", se repetía
constantemente desde su insignificancia. Gente que tenga el dolor a flor
de piel, que sufra por las desgracias ajenas y no tan ajenas,
luchadores, incansables. De los suyos, al fin y al cabo.
No tuvo una infancia cómoda, como cualquiera de su alrededor, pero sí
apañada. Ni el plato caliente a la mesa ni el abrigo faltó en invierno.
Caprichos, los justos: Coca-Cola sólo los domingos, chándal y vaqueros
remendados, cuando no heredados, pero, como digo, las necesidades
básicas bien cubiertas. Otra necesidad, o vicio según algunos, era la
lectura. Rodeado de libros y tebeos desde bien pequeño por el buen hacer
de su familia, autodidacta como tantas otras en la época. En aquellas
páginas encontraba el refugio y el calor que su interior a veces
necesitaba. Imaginó mundos perfectos, donde el hambre y la miseria eran
cosas pretéritas, en los que la risa y la alegría habían llegado para
quedarse, para llenar a los suyos.
Este chico crecío y fue un hombre. Leyó, estudió, trabajó y aprendió.
Encontró por fin a los suyos, gente preocupada por las mismas cosas que
él, dolidos, sufrientes. Halló hombros sobre los que llorar y espaldas
fuertes sobre las que compartir mochilas de penas y miserias. No todo
eran lamentos, qué duda cabe. Hubo risas, muchas. Y diversión, casi a
cada hora. Grupo heterogéneo, pero con objetivos meridianos: apoyarse
mutuamente, repartir tristezas y arreglar el mundo, poca cosa. Amistad, o
eso creía.
No tuvo una vida cómoda, como dije, y claro, tuvo que trabajar desde
bien joven, algo que nunca le importó, pues pensaba que era lo normal
entre los chicos de su edad y además ayudaba en la economía familiar al
hacer que en su casa tuvieran un problema menos. La vida laboral le dio
buenas alegrías, económicas sobre todo, pero también sus mayores dolores
de cabeza. Conoció la depravación del ser humano, todos los defectos
posibles, encarnados en las figuras de sus superiores. Egoístas,
rastreros, ladrones, todo lo que se pudiera decir de ellos se quedaba
corto.
Tras casi dos lustros de aguantar un goteo incesante de desprecios y
humillaciones, se percató de que el hombre empático, aquél buen chico de
años atrás, había desaparecido. El odio lo consumía, lo corroía como al
metal más barato se lo come el óxido. También descubrió que los suyos
ya no lo eran tanto. Muchos hombros resultaron ser impermeables y otras
tantas espaldas bastante más estrechas de lo que pensaba. Las risas tan
frescas de antaño se tornaron enlatadas, de comedieta de medio pelo, de
cerveza a un euro. Personas que se habían vendido muy bien, pero que a
él le tocaba ahora pagar los intereses. La alegría ajena se convertía en
dolor propio y lo que antes le hacía daño por cercano, ahora era un
acicate para soportar mejor su desgracia. "Que se jodan", pensaba a
todas horas. Estaba a punto de convertirse en lo que más había odiado
siempre, una persona insensible, egoísta, despreciable.
Pero quien tuvo, retuvo. Decidió dar un golpe en la mesa y transformar
todo ese odio en fuerza. "El odio es un buen combustible", se decía
machaconamente, a diario. Y tanto que lo era. Quemaba, abrasaba lo que
se ponía a su alcance, pero hizo que redoblara su energía, su empuje.
Ese fuego hizo también que los que no eran tan suyos se alejaran del
todo y se acercaran los irreductibles, los que se cuentan con las dos
manos y tal vez un pie, los que sienten el mismo frío y el mismo nudo en
el estómago, aquéllos que comprendían cada paso que daba aquél hombre,
tal vez equivocado, seguramente en lo cierto.
Por una vez, aunque se adivinara la sombra de la derrota, se sentía
ganador, imbatible, pues, en definitiva, los suyos, los de verdad, lo
acompañaban.
Dani Paños.
Publicado en http://solopormolestaros.blogspot.com.es/2014/07/los-suyos.html el 30 de julio de 2014.
Una historia que me trae demasiados recuerdos. Amor y odio son dos caras de una misma moneda. Al mismo tamaño y capacidad. Así de grandioso y peligroso.
ResponderEliminarMuchas gracias, Jess. Gracias por la visita.
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