Es difícil ponerse frente al folio en blanco. O la pantalla,
lo mismo da. La sensación de haber empezado algo bonito y doloroso a la vez,
algo que te ronronea desde que hacías las redacciones en el cole y en el
instituto con buena nota y que por una cosa u otra no has hecho más que aparcar.
Siempre te dices a ti mismo que esto no está hecho para ti, que los pájaros en
la cabeza son sólo eso, pájaros. Está muy bien eso de hablar contigo mismo
sobre el amor, la soledad, las cosas cotidianas, las tuyas y las mías, las de
todos. Es muy bonito, en tu cabeza suenan de puta madre, pero… El pánico que te
entra al ponerte frente al papel de madrugada en el trabajo, los miedos de
encender el ordenador a la vez que la
bombilla se va apagando lentamente. No sé cómo se puede sentir cualquier
escritor, pero puedo imaginármelo. Yo, que apenas he escrito treinta páginas
medio decentes y ya me siento bloqueado, aburrido, imaginándome por un momento
ser algo más porque cuatro amigos me han dicho que está muy bien lo que he
publicado en el blog. Ya me vale.
Escritor, vaya palabra. Le tengo demasiado respeto a esa
palabra, a ese oficio, como para pretender ser yo algo parecido. Juntaletras, “escribidor”
o contador de historias. Todo eso, pese al uso peyorativo que se hace de
algunas de esas palabras, es algo que puedo desear. En mi cabeza dan vueltas miles
de historias. Deslavazadas, inconexas, por completar. La mayoría son recuerdos
de la niñez, de la juventud, algunas muy cristalinas, pues las viví en primera
persona; otras me las invento, pues me las contaron de tantas maneras y tan
distintas personas que prefiero hacer de ellas una historia nueva, con sus
pedazos de verdad (reconocibles para cualquiera) y sus trocitos de leyenda. Me
gusta partir de una historia real y adornarla por aquí y por allá. Soy del
pensamiento de que no se puede escribir sobre algo de lo que no se sabe, algo
desconocido. No podría inventarme una Tierra Media ni una Torre Oscura, ni un Cthulhu
ni tan siquiera un hada madrina o algo similar. Eso se lo dejo a los genios. Mi
sitio está en mi barrio, mi gente, mis vecinos. Costumbrismo o no, es lo único que
me sale medio bien. Sé bien lo que sucede a mi alrededor, lo que preocupa a los
que me rodean, pues es lo mismo que me preocupa a mí. Mis desvelos no son otros
que los miedos de quedarme en paro, la soledad no buscada, el desamor, el
hambre y la pobreza. Algo universal, me atrevo a decir. Vamos, que no invento
nada, ni lo pretendo, claro. A veces consigo plasmarlo sobre el terrorífico
folio en blanco; otras, como hoy, os cuento que estoy bloqueado y empiezo a
divagar y soltar lo primero que me viene a la cabeza.
Ojalá supiera, me digo todos los días. Siempre he sido
tímido, bastante introvertido menos con los que me quieren. Y aún así, sigo
siendo un tipo raro, muy observador y callado. Escribir sobre lo que me
preocupa o me intriga, sobre las cosas más mundanas, es una manera de
desnudarme delante de la gente, ya sea conocida o no. Estos paseos del blog no
dejan de ser eso, paseos por mi mente, pensamientos que están ahí, que a veces
salen y la mayoría de las ocasiones no. Una manera de darme a conocer, a
vosotros y, sobre todo, a mí mismo. Alguien me dijo una vez que hay que ser muy
valiente para enseñar algo de tu puño y letra, quedarte en cueros y ser
escudriñado. No sé. Yo siempre me vi demasiado cobarde, tal vez esto sea un
asidero para no caer e intentar escalar hacia la valentía. Sigue dándome una
vergüenza tremenda enseñar cualquier cosa escrita, pero es una especie de
terapia conmigo mismo. Me enfado a menudo conmigo, por haber hecho o no haber
dicho. Hacer esto, mal que bien, me da una especie de paz, aunque sea
momentánea. Sentirme bien conmigo mismo, un par de horas, o menos, expulsando
un par de demonios y algún sapo a través del teclado. Sumergirme en mi mente e
intentar decir(me) algo, con una probable mala respuesta o la nada más
absoluta.
Escribir o teclear para otros debe ser bonito, sabiendo que
te van a leer, formando parte de ellos de una manera u otra. Yo, de momento, me
conformo con saber que soy capaz de mirar dentro de mí y reconocerme, aunque
sea un poco.
Dani Paños
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