A qué mala hora se puso a pensar. En el pasado nebuloso, en el oscuro futuro, en el más que negro presente. Se dio cuenta de que no había conseguido apenas nada de lo que se había propuesto en aquellos locos años de estudios en la facultad. Bueno, locos sería demasiado decir. Salir algún jueves que el trabajo se lo permitía; los sábados a partir de las tres de la madrugada cuando todo el mundo iba más que borracho o drogado en los clubs de moda; o cualquier día entre semana a esos mismos antros con las mismas caras y gestos de abstracción de la realidad, pero con idiomas extraños. No se puede decir que lo pasara mal, tampoco bien. Era simple inercia. La misma que le hacía quedarse en la cafetería de la facultad a base de cervezas o cafés, dados o cartas, pasando de entrar a clase, tirando el dinero que tanto le había costado conseguir trabajando. O precisamente por eso, para darse el gusto de hacer algo por su propia iniciativa, algo que no fuera lo que se esperaba de él, saliéndose de la aburrida normalidad. ¿No se lo pagaba él? Pues él haría lo que le saliera de los huevos con su dinero. Otros se lo gastaban en porros engañando a sus padres con el precio del alquiler de sus pisos de estudiantes.
La mediocridad de su expediente le daba absolutamente lo mismo. No era nada nuevo, aplicaba la ley del mínimo esfuerzo desde su entrada al instituto. ¿Bastaba una tarde de estudio? Pues la pasaría tirado en su cama, escuchando música o leyendo, las dos únicas pasiones que tenía desde que tenía uso de razón. Ya vendría el remordimiento a la hora de cenar, o en el desayuno del día siguiente. Un par de lecturas al temario, una cara de cemento redactando y a otra cosa. No siempre salía bien, claro. Los números no eran como las letras, ellos no se dejaban engañar tan fácilmente. Acabó estudiando las lenguas muertas, los autores difuntos, los moribundos pensamientos que habían cambiado el mundo y el fin de la Historia que proclamaban quienes mandaban en las vidas de los pobres. No era mal plan. Estar rodeado de muerte sólo significaba ir a mejor. La libertad y un nuevo mundo se atisbaba tras los exámenes de septiembre.
Y una mierda.
Pronto se dio cuenta de que él no podía competir con quienes no tenían la preocupación de poder llegar a fin de mes. Tampoco le interesaba mucho eso de competir. Por pusilánime, por cobarde, por el terror a fracasar. Nunca lo había hecho y quería seguir así. Total, ¿para qué? Los de su clase siempre pierden. Alguna sonada e inesperada victoria en territorio rival, olvidada ya, como quien olvida el sonido de los cascotes de un derribo esperado, no por ruinoso, sino por la provocada degradación del enemigo.
El enemigo. Uno de tantos con los que se había cruzado (¿y quién no?), pero en especial ése, el mismo que le había sometido a casi una década de vejaciones de guante blanco, de humillaciones que no lo parecían, pues "era lo que había", lo normal; de insultos a su dignidad y la de sus compañeros. Las vueltas que dan algunas tuercas habían dado como resultado la vida al revés, el látigo estaba ahora en manos del dueño de la espalda azotada. Aunque no era precisamente un látigo, ni el enemigo ese gigante que se pavoneaba al entrar por la puerta de su oficina. El filo del cuchillo acariciaba ahora el cuello encorbatado y suplicante.
A qué mala hora se puso a pensar. Él no era así, o eso quería creer. No necesitaba arrancarle nada, ni la vida, ni un jirón de piel, ni siquiera una disculpa a ese hombre. Porque, al fin y al cabo, sólo era eso: un hombre. De los malos, atemorizado, falsamente arrepentido, pero un hombre al que ni su dinero ni su poder le daban en ese momento margen de maniobra. Su vida estaba en manos de un cualquiera, del que conocía su cara pero no su nombre. Uno de tantos a los que odiaba con todas sus fuerzas, las mismas que le abandonaban húmedas por debajo del cinturón.
Abandonó el cuchillo, la garganta, la sangre y el miedo, del uno y del otro, en ese despacho frío y aséptico como un quirófano. Por mucho que sintiera que había ganado, sabía que eso no era ni un empate. Hiciera lo que hiciera de ahora en adelante, hubiera hecho lo que hubiera hecho tras esos cristales, la certeza de que estaría siempre arrepentido no se le iba de la cabeza. Hacer lo contrario de lo esperado siempre había sido lo mejor. Y no lo había hecho. Cobarde.
A qué mala hora se puso a pensar.
Dani Paños.
Los paseos de Dani
sábado, 31 de octubre de 2015
lunes, 19 de octubre de 2015
No
No puedo disgustarme porque los demás no piensen como yo. No puedo pretender que hagan lo que yo haría por ellos, o por sí mismos. No debo molestarme porque haya esperado algo y siga así, esperando. No he de rabiar por ver las facilidades y oportunidades que a no todos se nos brindan. Mucho menos por ver que a los que sí, no las aprovechan. No puedo sentir envidia de que a este o a aquel les vaya bien, no me lo permito, sería mezquino. Me gustaría mirar a otro lado cuando veo a alguien feliz y siento una punzada de anhelo. Pero no, me obligo, aunque la recompensa sea mínima. No quiero ser como los que huyen cuando vienen mal dadas, como los que callan ante lo injusto o miran de reojo ante cualquier abuso. No deseo ser la mirada morbosa y silenciosa del que mira el accidente mortal desde la multitud ensordecida. No me apetece como propia la risa y la burla ajena. No me gusta ser la palabra más alta ni el puñetazo en la mesa. Mucho menos el insulto del que ya nada puede decir. No quiero ser el "mientras a mí no me toque", el codicioso pisachepas o el chaquetero de mangas y bolsillos amplios. El "te lo dije", el "haber estudiado" o la suficiencia del mandar a leer prefiero tragármelo sin posibilidad de vomitarlo.
No ser, no estar. Ni siquiera parecer.
No me gusta mentir. No miento si digo que, de todos los pecados anteriores, raro es el que no he cometido una y mil veces. Una y mil veces arrepentido, como si sirviera de algo en la mayoría de ocasiones. Supongo que en eso consiste ser humano. Vaya excusa. Ser humano es todo eso, con sus cosas mejores y peores, dicen. Con nuestros fallos y aciertos, con nuestras palabras de más o de menos. ¿En busca de qué? ¿Qué esconden nuestros actos? ¿Por qué y para qué nos levantamos cada día, luchamos (o no), qué nos empuja? ¿El ansia de ser felices, aunque sea a ratitos? Eso dicen también. A saber.
¿Vale la pena luchar? ¿Vale la pena, siquiera, intentarlo? Por supuesto. Quiero pensar que sí, pese a que tenga más días malos que buenos, aunque las peores épocas ganen por goleada a las regulares, no digamos ya a las mejores. No me perdonaría no haberlo intentado: por los que me acompañan, al lado; por los que abrieron el camino y, sobre todo, por los que vienen detrás.
Porque en eso consiste mi idea de felicidad, tal vez equivocada. Hacerme pequeño, mandar a paseo los egoísmos, despojarme de prejuicios y crecer poco a poco con y por los otros. No concibo la felicidad personal si no va acompañada de la felicidad y compañía de los demás.
No ser, no estar. Ni siquiera parecer.
No me gusta mentir. No miento si digo que, de todos los pecados anteriores, raro es el que no he cometido una y mil veces. Una y mil veces arrepentido, como si sirviera de algo en la mayoría de ocasiones. Supongo que en eso consiste ser humano. Vaya excusa. Ser humano es todo eso, con sus cosas mejores y peores, dicen. Con nuestros fallos y aciertos, con nuestras palabras de más o de menos. ¿En busca de qué? ¿Qué esconden nuestros actos? ¿Por qué y para qué nos levantamos cada día, luchamos (o no), qué nos empuja? ¿El ansia de ser felices, aunque sea a ratitos? Eso dicen también. A saber.
¿Vale la pena luchar? ¿Vale la pena, siquiera, intentarlo? Por supuesto. Quiero pensar que sí, pese a que tenga más días malos que buenos, aunque las peores épocas ganen por goleada a las regulares, no digamos ya a las mejores. No me perdonaría no haberlo intentado: por los que me acompañan, al lado; por los que abrieron el camino y, sobre todo, por los que vienen detrás.
Porque en eso consiste mi idea de felicidad, tal vez equivocada. Hacerme pequeño, mandar a paseo los egoísmos, despojarme de prejuicios y crecer poco a poco con y por los otros. No concibo la felicidad personal si no va acompañada de la felicidad y compañía de los demás.
Dani Paños.
lunes, 31 de agosto de 2015
Y, sin embargo...
"Los que han muerto, han muerto, y a ellos les es indiferente que se les rinda algún homenaje. Si hay alguien para quien eso tiene algún significado, es para nosotros, los vivos. La memoria carece de utilidad para aquellos a quienes honra, pero sirve de mucho a quien se sirve de ella. Con ella me construyo, y con ella me consuelo"
Laurent Binet. HHhH.
Laurent Binet. HHhH.
Apesta, como el humo de un cigarro mal apagado. Demasiada muerte a mi alrededor. ¿Cuánto es demasiada? Con una basta para ser mucha. El sustento de una familia entera apagándose como la vela en la tarta que no alcanzará a soplar. Luchadores contra esa "larga enfermedad" que pierden, una y otra vez, y aún así se levantan hasta que ya no pueden más. La misma larga enfermedad, aunque en este caso fue corta, que se llevó por delante al primer y mejor maestro de quien escribe esto, mi abuelo. De eso hace tiempo, sin embargo...
Es ley de vida. ¿Y qué? ¿Acaso consuela? Lo siento, a mí no. Podemos ir cubriendo nuestra pena y nuestro vacío de muchas maneras. Frases hechas, convencionalismos, pésames universales... Palabras huecas. Son sábanas de fina seda para mitigar un frío polar. Se agradecen, cómo no, pero el frío te llega al tuétano, el calor se lo ha llevado la ausencia.
El tiempo, dicen, lo cura todo. Tal vez, pero siempre queda una pequeña herida sin cicatrizar. Será cosa de la memoria, que se empeña, con sus dedos afilados, en hacer ese fino corte por donde supuramos tristeza.
El tiempo, dicen, lo cura todo. Tal vez, pero siempre queda una pequeña herida sin cicatrizar. Será cosa de la memoria, que se empeña, con sus dedos afilados, en hacer ese fino corte por donde supuramos tristeza.
La tristeza me aterra. Admiro a quien se sobrepone a ella, con valor, tesón, echándole huevos, yo qué sé. A mí me atenaza. Puede llegar a paralizarme. No hay día que no sienta el pellizco del embargo. Pasar por un periodo prolongado de tristeza te hace más fuerte, o eso quiero pensar. Quizá no. El caso es que a mí me sirvió para aprender. Aprender a relativizar, a poner tu mente en orden, a dar importancia a las cosas que, de verdad, la merecen. Sin embargo...
Sin embargo, ahí está. Pugna por salir cada cierto tiempo. Cualquier excusa es buena, hasta la más nimia. Un mal gesto o palabra, la anulación de una cita o la cojera temporal de tu mascota. Hablo de tristeza, pero, tal vez, también hablo de miedo. Miedo al fracaso, al futuro, a la soledad no buscada. Miedo a la muerte, al sufrimiento propio y ajeno, a las vueltas de mi cabeza. Y rabia, claro. Rabia por no haberlo conseguido, por apenas haberlo intentado, por seguir en el punto de partida y, sin embargo, ver la meta más lejos cada día. Menos tiempo cada vez y, cada vez, más frustración. No me gusta la sensación, es oscura y angustiosa, destructiva. Sin embargo...
Sin embargo, esa amarga sensación no deja de ser un refugio. Refugio en el que, una vez aclimatado, puedes llegar a conocerte mejor. Tus miedos y debilidades; tus muchas dudas y escasas certezas; ves el abismo que te rodea, pero también el camino estrecho de salida. Camino angosto, complejo. Pero es el único que hay. Vereda en la que vas soltando lastre, deshaciéndote de lo dañino, sin olvidarlo, para aprender. La senda del aprendizaje. Quizá no exista palabra más bonita. Aprender. Y, sin embargo...
Tengo miedo.
Dani Paños.
jueves, 18 de diciembre de 2014
El olor de la Navidad
Los vio bajar por la escalera de la calle principal. No le fue difícil olvidarse de ellos, la verdad. Cinco jóvenes extranjeros, con maletas, disfrutando de sus vacaciones navideñas y con la sonrisa dibujada en unas caras cansadas. Le pareció algo tarde para salir de un hotel y recoger el coche. Mucho más para tomar un avión pero, tal vez, debido a las fechas, los horarios eran distintos. Siguió a lo suyo, que no era otra cosa que mirar las cámaras de vigilancia de vez en cuando, terminar de cenar y hablar con el compañero del otro parking mientras se tomaba el café de rigor. Después de eso, la nada. Radio, teléfono móvil y algo de lectura.
Pero la nada, esa noche, no era idéntica a las demás. Algo no marchaba bien. La rutina nocturna es tan desesperante que cualquier cosa te ronronea. La mosca que despista, el sobresalto del camión de la basura, el susto que provoca el reflejo de la propia sombra en el cristal de la garita... y el coche atiborrado de jóvenes que no salía. Un despiste lo tiene cualquiera, pensó. Entre bocado y bocado las musarañas se habían adueñado de su cabeza, no había más. Para qué preocuparse, estaban volviendo a casa, a la estación, al aeropuerto. Sin duda.
No, imposible. No había ningún ticket pagado, el registro no había cambiado desde hacía dos horas y, lo más importante, el coche en cuestión había de pasar necesariamente por delante de sus narices. ¿Y si habían dejado las maletas en el coche y habían vuelto a salir? Eran jóvenes, tal vez querían salir de fiesta en su última noche valenciana. Era raro, de todos modos. Una persona podía pasar desapercibida, ¿pero cinco? ¿En un parking vacío, en una noche de semana festiva? Muchas casualidades.
Miedo, temor o simple preocupación. Difícil de definir. La noche ayuda mucho a que esos pensamientos te atrapen. Quizá sólo querían echar un sueño antes de coger el coche, pero se exponía a que hicieran cualquier cosa durante las cuatro horas que le quedaban de trabajo. Bonito dilema. Maldito turno nocturno. Uno acaba acostumbrándose, pero el temor por la integridad física siempre está ahí. Bajar a buscarlos o esperar mirando fijamente las cámaras hasta ver una señal, un movimiento. La cena ya le estaba sentando mal y la cafeína, normalmente inocua para él, aceleraba su pulso y respiración.
La llamada de la nicotina hizo que uno de los chicos saliese de su escondrijo, para evitar molestias a los otros cuatro, supuso. Despreocupado y algo encorvado por el frío, fumaba rápido y dando largas caladas, como el adolescente que sale al balcón en pleno invierno cuando en su casa todos duermen. La imagen captada por la cámara fue ampliada con el doble click del ratón. Por muchas capas de ropa que llevara el fumador, no podía disimular su extrema delgadez. En caso de disputa, ese enemigo no sería tal.
Bajó decidido las escaleras hasta el último sótano, intentando hacer el menor ruido. Cuando le faltaban dos pisos le invadió un olor nauseabundo. No le prestó mucha atención, pues los malos olores bajo tierra son norma. Llegó hasta el escondite de los cinco, un punto ciego donde el ojo electrónico no llegaba, probablemente estudiado en horario diurno, cuando el trajín de coches y personas les hacía pasar inadvertidos. Su miedo no tardó en tornarse en desolación. Tres chicos y dos chicas se cubrían con mantas y sacos de dormir. Poca cosa más llevaban en las maletas, maltratadas por el tiempo y la intemperie.
Le sorprendió la mirada de desaprobación que una de las chicas le dedicó al fumador. Por tu puta culpa, parecían decir sus ojos. No le faltaba razón. En esos ojos, así como en las caras de sus compañeros, se adivinaban rasgos gitanos, del este de Europa. Entre ellos hablaban un francés macarrónico, quizás la única lengua que entendían en común. A nuestro protagonista le vino a la cabeza el país vecino y su expulsión de gitanos meses atrás. Justo lo que tenía que hacer él en ese momento, expulsarlos de sus fronteras. Jugarse el puesto de trabajo, dejarlos dormir y que los descubriese un compañero, su encargado o su propio jefe mediante las grabaciones, o pedirles que se marcharan. Accedieron a lo segundo sin aspavientos ni malas caras, sin problemas. Estaba seguro que los jóvenes leían en su cara la vergüenza que sentía. Subió a su garita para darles el tiempo necesario de guardar sus cosas. Hizo acopio de la poca comida que tenía en la nevera: algo de fruta, un poco de leche, un refresco y el pan sobrante de la cena. Si así conseguía limpiar su conciencia...
Esperó al grupo en la puerta de salida hasta que subieron con el ascensor. Lo primero que vio fue lo que acabó de hundirle. Las mantas y sacos no le habían dejado ver que la chica de mirada reprobatoria estaba embarazada. El alma a los pies, literalmente. Les ofreció la bolsa con comida mirando al suelo. La cogió el fumador, dándole las gracias en ese francés mal hablado y echándose a llorar. Tuvo que tragar saliva varias veces para no acompañarlo.
Salieron dejando tras de sí ese desagradable olor, a pies, a ropa vieja y húmeda, a suciedad. El olor de la pobreza. El olor que no se quita, por mucho tiempo que pase, es el de la vergüenza y la hipocresía. Eso sí es sucio.
Dani Paños.
Pero la nada, esa noche, no era idéntica a las demás. Algo no marchaba bien. La rutina nocturna es tan desesperante que cualquier cosa te ronronea. La mosca que despista, el sobresalto del camión de la basura, el susto que provoca el reflejo de la propia sombra en el cristal de la garita... y el coche atiborrado de jóvenes que no salía. Un despiste lo tiene cualquiera, pensó. Entre bocado y bocado las musarañas se habían adueñado de su cabeza, no había más. Para qué preocuparse, estaban volviendo a casa, a la estación, al aeropuerto. Sin duda.
No, imposible. No había ningún ticket pagado, el registro no había cambiado desde hacía dos horas y, lo más importante, el coche en cuestión había de pasar necesariamente por delante de sus narices. ¿Y si habían dejado las maletas en el coche y habían vuelto a salir? Eran jóvenes, tal vez querían salir de fiesta en su última noche valenciana. Era raro, de todos modos. Una persona podía pasar desapercibida, ¿pero cinco? ¿En un parking vacío, en una noche de semana festiva? Muchas casualidades.
Miedo, temor o simple preocupación. Difícil de definir. La noche ayuda mucho a que esos pensamientos te atrapen. Quizá sólo querían echar un sueño antes de coger el coche, pero se exponía a que hicieran cualquier cosa durante las cuatro horas que le quedaban de trabajo. Bonito dilema. Maldito turno nocturno. Uno acaba acostumbrándose, pero el temor por la integridad física siempre está ahí. Bajar a buscarlos o esperar mirando fijamente las cámaras hasta ver una señal, un movimiento. La cena ya le estaba sentando mal y la cafeína, normalmente inocua para él, aceleraba su pulso y respiración.
La llamada de la nicotina hizo que uno de los chicos saliese de su escondrijo, para evitar molestias a los otros cuatro, supuso. Despreocupado y algo encorvado por el frío, fumaba rápido y dando largas caladas, como el adolescente que sale al balcón en pleno invierno cuando en su casa todos duermen. La imagen captada por la cámara fue ampliada con el doble click del ratón. Por muchas capas de ropa que llevara el fumador, no podía disimular su extrema delgadez. En caso de disputa, ese enemigo no sería tal.
Bajó decidido las escaleras hasta el último sótano, intentando hacer el menor ruido. Cuando le faltaban dos pisos le invadió un olor nauseabundo. No le prestó mucha atención, pues los malos olores bajo tierra son norma. Llegó hasta el escondite de los cinco, un punto ciego donde el ojo electrónico no llegaba, probablemente estudiado en horario diurno, cuando el trajín de coches y personas les hacía pasar inadvertidos. Su miedo no tardó en tornarse en desolación. Tres chicos y dos chicas se cubrían con mantas y sacos de dormir. Poca cosa más llevaban en las maletas, maltratadas por el tiempo y la intemperie.
Le sorprendió la mirada de desaprobación que una de las chicas le dedicó al fumador. Por tu puta culpa, parecían decir sus ojos. No le faltaba razón. En esos ojos, así como en las caras de sus compañeros, se adivinaban rasgos gitanos, del este de Europa. Entre ellos hablaban un francés macarrónico, quizás la única lengua que entendían en común. A nuestro protagonista le vino a la cabeza el país vecino y su expulsión de gitanos meses atrás. Justo lo que tenía que hacer él en ese momento, expulsarlos de sus fronteras. Jugarse el puesto de trabajo, dejarlos dormir y que los descubriese un compañero, su encargado o su propio jefe mediante las grabaciones, o pedirles que se marcharan. Accedieron a lo segundo sin aspavientos ni malas caras, sin problemas. Estaba seguro que los jóvenes leían en su cara la vergüenza que sentía. Subió a su garita para darles el tiempo necesario de guardar sus cosas. Hizo acopio de la poca comida que tenía en la nevera: algo de fruta, un poco de leche, un refresco y el pan sobrante de la cena. Si así conseguía limpiar su conciencia...
Esperó al grupo en la puerta de salida hasta que subieron con el ascensor. Lo primero que vio fue lo que acabó de hundirle. Las mantas y sacos no le habían dejado ver que la chica de mirada reprobatoria estaba embarazada. El alma a los pies, literalmente. Les ofreció la bolsa con comida mirando al suelo. La cogió el fumador, dándole las gracias en ese francés mal hablado y echándose a llorar. Tuvo que tragar saliva varias veces para no acompañarlo.
Salieron dejando tras de sí ese desagradable olor, a pies, a ropa vieja y húmeda, a suciedad. El olor de la pobreza. El olor que no se quita, por mucho tiempo que pase, es el de la vergüenza y la hipocresía. Eso sí es sucio.
Dani Paños.
jueves, 4 de diciembre de 2014
En blanco
Es difícil ponerse frente al folio en blanco. O la pantalla,
lo mismo da. La sensación de haber empezado algo bonito y doloroso a la vez,
algo que te ronronea desde que hacías las redacciones en el cole y en el
instituto con buena nota y que por una cosa u otra no has hecho más que aparcar.
Siempre te dices a ti mismo que esto no está hecho para ti, que los pájaros en
la cabeza son sólo eso, pájaros. Está muy bien eso de hablar contigo mismo
sobre el amor, la soledad, las cosas cotidianas, las tuyas y las mías, las de
todos. Es muy bonito, en tu cabeza suenan de puta madre, pero… El pánico que te
entra al ponerte frente al papel de madrugada en el trabajo, los miedos de
encender el ordenador a la vez que la
bombilla se va apagando lentamente. No sé cómo se puede sentir cualquier
escritor, pero puedo imaginármelo. Yo, que apenas he escrito treinta páginas
medio decentes y ya me siento bloqueado, aburrido, imaginándome por un momento
ser algo más porque cuatro amigos me han dicho que está muy bien lo que he
publicado en el blog. Ya me vale.
Escritor, vaya palabra. Le tengo demasiado respeto a esa
palabra, a ese oficio, como para pretender ser yo algo parecido. Juntaletras, “escribidor”
o contador de historias. Todo eso, pese al uso peyorativo que se hace de
algunas de esas palabras, es algo que puedo desear. En mi cabeza dan vueltas miles
de historias. Deslavazadas, inconexas, por completar. La mayoría son recuerdos
de la niñez, de la juventud, algunas muy cristalinas, pues las viví en primera
persona; otras me las invento, pues me las contaron de tantas maneras y tan
distintas personas que prefiero hacer de ellas una historia nueva, con sus
pedazos de verdad (reconocibles para cualquiera) y sus trocitos de leyenda. Me
gusta partir de una historia real y adornarla por aquí y por allá. Soy del
pensamiento de que no se puede escribir sobre algo de lo que no se sabe, algo
desconocido. No podría inventarme una Tierra Media ni una Torre Oscura, ni un Cthulhu
ni tan siquiera un hada madrina o algo similar. Eso se lo dejo a los genios. Mi
sitio está en mi barrio, mi gente, mis vecinos. Costumbrismo o no, es lo único que
me sale medio bien. Sé bien lo que sucede a mi alrededor, lo que preocupa a los
que me rodean, pues es lo mismo que me preocupa a mí. Mis desvelos no son otros
que los miedos de quedarme en paro, la soledad no buscada, el desamor, el
hambre y la pobreza. Algo universal, me atrevo a decir. Vamos, que no invento
nada, ni lo pretendo, claro. A veces consigo plasmarlo sobre el terrorífico
folio en blanco; otras, como hoy, os cuento que estoy bloqueado y empiezo a
divagar y soltar lo primero que me viene a la cabeza.
Ojalá supiera, me digo todos los días. Siempre he sido
tímido, bastante introvertido menos con los que me quieren. Y aún así, sigo
siendo un tipo raro, muy observador y callado. Escribir sobre lo que me
preocupa o me intriga, sobre las cosas más mundanas, es una manera de
desnudarme delante de la gente, ya sea conocida o no. Estos paseos del blog no
dejan de ser eso, paseos por mi mente, pensamientos que están ahí, que a veces
salen y la mayoría de las ocasiones no. Una manera de darme a conocer, a
vosotros y, sobre todo, a mí mismo. Alguien me dijo una vez que hay que ser muy
valiente para enseñar algo de tu puño y letra, quedarte en cueros y ser
escudriñado. No sé. Yo siempre me vi demasiado cobarde, tal vez esto sea un
asidero para no caer e intentar escalar hacia la valentía. Sigue dándome una
vergüenza tremenda enseñar cualquier cosa escrita, pero es una especie de
terapia conmigo mismo. Me enfado a menudo conmigo, por haber hecho o no haber
dicho. Hacer esto, mal que bien, me da una especie de paz, aunque sea
momentánea. Sentirme bien conmigo mismo, un par de horas, o menos, expulsando
un par de demonios y algún sapo a través del teclado. Sumergirme en mi mente e
intentar decir(me) algo, con una probable mala respuesta o la nada más
absoluta.
Escribir o teclear para otros debe ser bonito, sabiendo que
te van a leer, formando parte de ellos de una manera u otra. Yo, de momento, me
conformo con saber que soy capaz de mirar dentro de mí y reconocerme, aunque
sea un poco.
Dani Paños
jueves, 20 de noviembre de 2014
Figuras de barro
Nadie sabe qué le pasó a Pepe, el de las figuras de barro, tras la Copa
América. Apareció por la playa poco antes del temido efecto 2.000 y se
le perdió la pista cuando los veleros de nombres impronunciables
brincaban las olas de nuestro litoral. No es que los barcos tuvieran
nombres raros, que también, simplemente nos sonaba todo a chino. Parece
mentira, pero un barrio marinero era completamente ignorante sobre los
asuntos de la vela. Orgullosamente, me atrevería a decir.
Pepe desapareció tras ese verano. Comentaba a menudo que no soportaba esa opulencia, el descaro del nuevo rico comiendo delante del pobre. Le fastidiaba la mala educación, la soberbia de cuatro niñatos venidos a más gracias a pelotazos en forma de ladrillo. Miradas altaneras que le hacían más daño que luchar contra el alcohol o la heroína.
Todo esto me lo contaba durante los años que estuvo vendiendo figuritas de barro y haciendo castillos de arena al pie del paseo marítimo. Yo trabajaba de camarero en verano, fines de semana y todos los festivos del calendario, ya fuera para pagarme estudios, vicios o ser un poco independiente. Independencia, eso es lo que más valoraba Pepe de su situación. No rendir cuentas, sin explicaciones, hacer lo que le viniera en gana. Hablando con él, parecía que su vida en la calle era algo elegido y no la consecuencia de una juventud dura dos décadas atrás. "Dormir en Valencia es gloria, peor sería en Teruel", decía sonriendo convencido.
Para Pepe, el verano duraba aproximadamente diez meses, desde Fallas hasta Navidad. No era raro verlo con una simple camiseta varias tallas más grande que la suya o, directamente, sin ella, dejando al desnudo su piel ennegrecida y magra, sin rastro de grasa, como cualquier yonqui veterano. Pero él no. A Pepe se le veía fuerte. Llamaba la atención la anchura de su espalda y unos brazos fuertes, que infundían respeto. Él decía que era el resultado de trabajar la arcilla y levantar castillos de arena, de llevar el peso de toda una vida, la suya, a cuestas. Viendo sus labores artesanales costaba trabajo creerlo.
Sus castillos, o fortalezas, como le gustaba llamarlos, no eran más que moles de arena absurdas, como las que puede hacer cualquier niño en la orilla, con cuatro ventanucos y una mal llamada puerta asimétrica. Se asemejaban más a una casa antigua de pueblo, con las paredes desniveladas de soportar tantas capas de arena y cal. Sus faenas con la arcilla no mejoraban mucho. Eran su especialidad los soles y las lunas, platos llanos y sonrientes de casi medio kilo de peso, endurecidos y secados al sol. Si había suerte y dinero, les daba una capa de barniz para que tuvieran aspecto de haber sido horneados. El resultado era una suerte de máscara carnavalesca atrofiada. No se le podía negar el esfuerzo, con cada figurita tardaba un mínimo de tres días, aunque el final no fuera el esperado. A veces se aventuraba con otros temas: tortugas, dragones y duendes que invariablemente acababan pareciéndose a su perro.
Manolo, su mascota, era un golden retriever de anuncio. Más de medio metro de altura, color dorado y más bueno que el pan. Contrastaba su buen aspecto con el desaliño de su amo: pelo largo por los hombros y barba negra algo distraída. A mí siempre me recordó a Roberto Iniesta, aunque Pepe nunca había oído hablar de él. Su "amigo Manolo", como a Pepe le gustaba referirse a su perro, era el que le daba calor en invierno, pues tampoco se abrigaba mucho más que en los meses de calor. Calor físico y anímico, porque a excepción de los trabajadores de la playa, pocos amigos hacía. Manolo lo acompañaba a todas partes, incluso en algún viaje en autobús urbano, cuando Pepe fingía ser invidente. La picareca española, dicen. Y picaresca era lo que tenía que poner en práctica, pensábamos los que conocíamos a la extraña pareja, para poder alimentarse él y su compañero. En las pocas ocasiones que le veíamos comer, Pepe siempre echaba mano de latas de conservas, fiambre y pan duro conseguido a última hora en algún restaurante. A Manolo nunca le faltó ni el mejor pienso ni los mejores patés, que Pepe guardaba en una mochila que ya era vieja cuando iba al colegio.
Esa época, la del colegio y su mochila parcheada que guardaba desde entonces, fue la que nos contó una mañana lluviosa de septiembre con la playa, lógicamente, ya desierta de veleros y turistas. Llegó a primera hora y quería desayunar. Venía con una sonrisa amplia, luminosa, ya que había cobrado su pensión. La pensión no era otra cosa que la ayuda que le pasaba mensualmente su hermana menor, a escondidas de su padre, pues lo había repudiado desde su etapa de universitario rebelde.
Empezó a untarse la mantequilla y la mermelada en el pan tostado, dejando un cuarto de cada envase sin tocar. Ante nuestra extrañeza, pues sabíamos que a Manolo no le daba comida dulce, nos contó que era costumbre en su casa dejar sobras para el servicio, por si querían comérselo cuando él y su familia salían por la puerta. "Siempre fuimos unos burgueses, eso lo sé ahora, pero para mí era normal. Burgueses, pero en el cole nos llamaban aristócratas". Dueños de un palacete, su familia paterna era propietaria de una empresa metalúrgica venida a menos en un pueblo al norte de Valencia. Tenis, natación y deportes de mar. Educación estricta en colegios de pago. Todo dirigido y planificado para heredar la empresa paterna desde que acabó su feliz infancia. A Pepe le interesaba más el arte y las letras que la economía y las leyes. Comenzó a distanciarse del camino marcado. Conoció las drogas en el peor momento, si es que hubo alguno bueno, en los ochenta, cuando la heroína hacía estragos.
Poco más nos pudo contar antes de desaparecer de la playa a los pocos días. Los borrosos recuerdos le ensombrecían el rostro y le anudaban la garganta. Pero aún le dio tiempo a narrarnos su último secreto, tal vez delirio, para dar consistencia a su relato. Conservaba celosamente la mochila con la comida de su alter ego porque era el cordón que le ataba a los recuerdos de una infancia feliz, casi perdida en su memoria a causa del vino y el caballo. Una infancia donde Pepe se llamaba Manuel.
Dani Paños.
Publicado en http://solopormolestaros.blogspot.com.es/2014/10/figuras-de-barro.html el 10 de octubre de 2014.
Pepe desapareció tras ese verano. Comentaba a menudo que no soportaba esa opulencia, el descaro del nuevo rico comiendo delante del pobre. Le fastidiaba la mala educación, la soberbia de cuatro niñatos venidos a más gracias a pelotazos en forma de ladrillo. Miradas altaneras que le hacían más daño que luchar contra el alcohol o la heroína.
Todo esto me lo contaba durante los años que estuvo vendiendo figuritas de barro y haciendo castillos de arena al pie del paseo marítimo. Yo trabajaba de camarero en verano, fines de semana y todos los festivos del calendario, ya fuera para pagarme estudios, vicios o ser un poco independiente. Independencia, eso es lo que más valoraba Pepe de su situación. No rendir cuentas, sin explicaciones, hacer lo que le viniera en gana. Hablando con él, parecía que su vida en la calle era algo elegido y no la consecuencia de una juventud dura dos décadas atrás. "Dormir en Valencia es gloria, peor sería en Teruel", decía sonriendo convencido.
Para Pepe, el verano duraba aproximadamente diez meses, desde Fallas hasta Navidad. No era raro verlo con una simple camiseta varias tallas más grande que la suya o, directamente, sin ella, dejando al desnudo su piel ennegrecida y magra, sin rastro de grasa, como cualquier yonqui veterano. Pero él no. A Pepe se le veía fuerte. Llamaba la atención la anchura de su espalda y unos brazos fuertes, que infundían respeto. Él decía que era el resultado de trabajar la arcilla y levantar castillos de arena, de llevar el peso de toda una vida, la suya, a cuestas. Viendo sus labores artesanales costaba trabajo creerlo.
Sus castillos, o fortalezas, como le gustaba llamarlos, no eran más que moles de arena absurdas, como las que puede hacer cualquier niño en la orilla, con cuatro ventanucos y una mal llamada puerta asimétrica. Se asemejaban más a una casa antigua de pueblo, con las paredes desniveladas de soportar tantas capas de arena y cal. Sus faenas con la arcilla no mejoraban mucho. Eran su especialidad los soles y las lunas, platos llanos y sonrientes de casi medio kilo de peso, endurecidos y secados al sol. Si había suerte y dinero, les daba una capa de barniz para que tuvieran aspecto de haber sido horneados. El resultado era una suerte de máscara carnavalesca atrofiada. No se le podía negar el esfuerzo, con cada figurita tardaba un mínimo de tres días, aunque el final no fuera el esperado. A veces se aventuraba con otros temas: tortugas, dragones y duendes que invariablemente acababan pareciéndose a su perro.
Manolo, su mascota, era un golden retriever de anuncio. Más de medio metro de altura, color dorado y más bueno que el pan. Contrastaba su buen aspecto con el desaliño de su amo: pelo largo por los hombros y barba negra algo distraída. A mí siempre me recordó a Roberto Iniesta, aunque Pepe nunca había oído hablar de él. Su "amigo Manolo", como a Pepe le gustaba referirse a su perro, era el que le daba calor en invierno, pues tampoco se abrigaba mucho más que en los meses de calor. Calor físico y anímico, porque a excepción de los trabajadores de la playa, pocos amigos hacía. Manolo lo acompañaba a todas partes, incluso en algún viaje en autobús urbano, cuando Pepe fingía ser invidente. La picareca española, dicen. Y picaresca era lo que tenía que poner en práctica, pensábamos los que conocíamos a la extraña pareja, para poder alimentarse él y su compañero. En las pocas ocasiones que le veíamos comer, Pepe siempre echaba mano de latas de conservas, fiambre y pan duro conseguido a última hora en algún restaurante. A Manolo nunca le faltó ni el mejor pienso ni los mejores patés, que Pepe guardaba en una mochila que ya era vieja cuando iba al colegio.
Esa época, la del colegio y su mochila parcheada que guardaba desde entonces, fue la que nos contó una mañana lluviosa de septiembre con la playa, lógicamente, ya desierta de veleros y turistas. Llegó a primera hora y quería desayunar. Venía con una sonrisa amplia, luminosa, ya que había cobrado su pensión. La pensión no era otra cosa que la ayuda que le pasaba mensualmente su hermana menor, a escondidas de su padre, pues lo había repudiado desde su etapa de universitario rebelde.
Empezó a untarse la mantequilla y la mermelada en el pan tostado, dejando un cuarto de cada envase sin tocar. Ante nuestra extrañeza, pues sabíamos que a Manolo no le daba comida dulce, nos contó que era costumbre en su casa dejar sobras para el servicio, por si querían comérselo cuando él y su familia salían por la puerta. "Siempre fuimos unos burgueses, eso lo sé ahora, pero para mí era normal. Burgueses, pero en el cole nos llamaban aristócratas". Dueños de un palacete, su familia paterna era propietaria de una empresa metalúrgica venida a menos en un pueblo al norte de Valencia. Tenis, natación y deportes de mar. Educación estricta en colegios de pago. Todo dirigido y planificado para heredar la empresa paterna desde que acabó su feliz infancia. A Pepe le interesaba más el arte y las letras que la economía y las leyes. Comenzó a distanciarse del camino marcado. Conoció las drogas en el peor momento, si es que hubo alguno bueno, en los ochenta, cuando la heroína hacía estragos.
Poco más nos pudo contar antes de desaparecer de la playa a los pocos días. Los borrosos recuerdos le ensombrecían el rostro y le anudaban la garganta. Pero aún le dio tiempo a narrarnos su último secreto, tal vez delirio, para dar consistencia a su relato. Conservaba celosamente la mochila con la comida de su alter ego porque era el cordón que le ataba a los recuerdos de una infancia feliz, casi perdida en su memoria a causa del vino y el caballo. Una infancia donde Pepe se llamaba Manuel.
Dani Paños.
Publicado en http://solopormolestaros.blogspot.com.es/2014/10/figuras-de-barro.html el 10 de octubre de 2014.
El caminante
Todos en el barrio conocían a G. Era un tipo que estaba muy jodido.
Jodido de la cabeza. Pero no como tú o como yo, con nuestras comeduras
de tarro por ésto o por aquello, lo que le puede preocupar al común de
los mortales. No. Este del que os hablo estaba chungo. Yo ya lo conocí
así, pues me sacaba unos cuantos años. Como a cualquier personaje del
que se desconoce buena parte de su pasado, a éste le envolvía un aura de
leyenda. Nadie sabía por qué se había quedado así, digamos "loco". Unos
decían que por una hostia en moto. Los más jóvenes siempre pensamos que
era por los últimos años de la ruta, duros en cuanto a drogas se
refiere. Tal vez fuera una combinación de ambos factores. Realmente, ¿a
quién le importaba? Era uno más de la pintoresca fauna que poblaba el
barrio en el cambio de siglo.
G era el mayor de sus hermanos en una familia muy numerosa. Hijo de unos padres alcohólicos, de los que pagan con su pensión las deudas contraídas el mes anterior en los distintos bares vecinos. Peculiar pareja, de las que se tiraban los trastos a la cabeza, literalmente, que iban encontrando rebuscando en la basura. Los gritos del matrimonio los podías oír a dos calles de distancia, discusiones ininteligibles y probablemente sin fundamento, pero en las que les iba la vida. Lo cómico era la reconciliación, con achuchones y besos apasionados al lado del contenedor. G a veces les acompañaba, o ellos a él, pero G era un alma libre.
Su aspecto, para los que no lo conocían, resultaba cuando menos intimidante. No era grande ni aparentemente fuerte. Cuatro dedos le hacían superar el metro y medio y su peso no alcanzaría la categoría pluma. Era la mirada perdida y estrábica, el pelo ralo y sucio pegado a la frente, la ausencia de caninos e incisivos y el moco perenne colgando del bigote descuidado lo que hacía que apartases la vista. Una mezcla entre miedo y asco. Nada más lejos. G era completamente inofensivo. El objetivo de sus ataques era las calles, aceras, calzadas. Andar. Era lo único que sabía hacer. Andar por el barrio, por el de al lado, por el de más allá. No era raro encontrarlo por el centro de la ciudad, caminando decidido entre los paseantes mirones de escaparates, cruzando las plantas de los grandes almacenes hasta que lo interceptaba cualquier vigilante y lo conducía a la salida. G no se inmutaba. Parecía el típico coche teledirigido que choca contra una pared y cambia automáticamente de sentido. Sonrisa mellada en la boca y ni una mala palabra. Tampoco podía articular muchas, pues el "accidente" le había afectado al habla. Le llegaba a lo justo para pedir dinero, tabaco y echarse unas coplillas, arrancándose por palmas con esas manos que parecían abanicos. El espectáculo no merecía más que cinco duros o un cigarro, pues no duraba más de diez segundos, tras los cuales extendía su mano, más negra y sucia que el túnel de sus dientes.
Tampoco era raro verlo diciendo a todo el que se cruzaba con él que se volvía para su tierra, el sur. Iba convencido de llegar andando, sin agua ni provisiones para el viaje. Dos horas más tarde lo volvíamos a ver, cansado de buscar el camino, preparándose para intentarlo al día siguiente. Esos días en los que nada le salía, cogía un pequeño megáfono y salía a ofrecernos su arte de madrugada, sentado en un banco o en los asientos de la parada de autobús. Si el mundo se ponía en su contra, él aullaba por soleares, hasta que algún vecino lo ahuyentaba a gritos o algo peor.
Un día de verano, camino de la playa, encontramos a G a pleno sol, sentado en el paseo marítimo, abrigado hasta la barbilla peluda con una chaqueta militar con la bandera patria. Lloraba a lágrima viva. "Ha enloquecido definitivamente", pensamos todos. Al contrario. Había tenido un momento de lucidez y le había venido a la memoria recuerdos de quince años atrás. Sostenía entre sus manazas "la blanca", la licenciatura militar, junto con documentación antigua. Pudimos comprobar que sí, había sido un chico "normal". Nada más pudimos saber de G, se levantó y se fue sollozando bajo el sol agosteño, secando sudor y lágrimas con los documentos ajados.
G murió hace unos años. En su enésimo intento de volver a sus raíces, a su tierra prometida, un coche se cruzó en su camino. El golpe fue seco y certero. Tal vez se despistó, tal vez vio a algún fumador generoso, quizá una moneda brillante en el suelo le hizo apartar la mirada de la carretera, no lo sabemos. El terco coche teledirigido se quedó sin pilas.
Dani Paños.
Publicado en http://solopormolestaros.blogspot.com.es/2014/08/el-caminante.html el 28 de agosto de 2014.
G era el mayor de sus hermanos en una familia muy numerosa. Hijo de unos padres alcohólicos, de los que pagan con su pensión las deudas contraídas el mes anterior en los distintos bares vecinos. Peculiar pareja, de las que se tiraban los trastos a la cabeza, literalmente, que iban encontrando rebuscando en la basura. Los gritos del matrimonio los podías oír a dos calles de distancia, discusiones ininteligibles y probablemente sin fundamento, pero en las que les iba la vida. Lo cómico era la reconciliación, con achuchones y besos apasionados al lado del contenedor. G a veces les acompañaba, o ellos a él, pero G era un alma libre.
Su aspecto, para los que no lo conocían, resultaba cuando menos intimidante. No era grande ni aparentemente fuerte. Cuatro dedos le hacían superar el metro y medio y su peso no alcanzaría la categoría pluma. Era la mirada perdida y estrábica, el pelo ralo y sucio pegado a la frente, la ausencia de caninos e incisivos y el moco perenne colgando del bigote descuidado lo que hacía que apartases la vista. Una mezcla entre miedo y asco. Nada más lejos. G era completamente inofensivo. El objetivo de sus ataques era las calles, aceras, calzadas. Andar. Era lo único que sabía hacer. Andar por el barrio, por el de al lado, por el de más allá. No era raro encontrarlo por el centro de la ciudad, caminando decidido entre los paseantes mirones de escaparates, cruzando las plantas de los grandes almacenes hasta que lo interceptaba cualquier vigilante y lo conducía a la salida. G no se inmutaba. Parecía el típico coche teledirigido que choca contra una pared y cambia automáticamente de sentido. Sonrisa mellada en la boca y ni una mala palabra. Tampoco podía articular muchas, pues el "accidente" le había afectado al habla. Le llegaba a lo justo para pedir dinero, tabaco y echarse unas coplillas, arrancándose por palmas con esas manos que parecían abanicos. El espectáculo no merecía más que cinco duros o un cigarro, pues no duraba más de diez segundos, tras los cuales extendía su mano, más negra y sucia que el túnel de sus dientes.
Tampoco era raro verlo diciendo a todo el que se cruzaba con él que se volvía para su tierra, el sur. Iba convencido de llegar andando, sin agua ni provisiones para el viaje. Dos horas más tarde lo volvíamos a ver, cansado de buscar el camino, preparándose para intentarlo al día siguiente. Esos días en los que nada le salía, cogía un pequeño megáfono y salía a ofrecernos su arte de madrugada, sentado en un banco o en los asientos de la parada de autobús. Si el mundo se ponía en su contra, él aullaba por soleares, hasta que algún vecino lo ahuyentaba a gritos o algo peor.
Un día de verano, camino de la playa, encontramos a G a pleno sol, sentado en el paseo marítimo, abrigado hasta la barbilla peluda con una chaqueta militar con la bandera patria. Lloraba a lágrima viva. "Ha enloquecido definitivamente", pensamos todos. Al contrario. Había tenido un momento de lucidez y le había venido a la memoria recuerdos de quince años atrás. Sostenía entre sus manazas "la blanca", la licenciatura militar, junto con documentación antigua. Pudimos comprobar que sí, había sido un chico "normal". Nada más pudimos saber de G, se levantó y se fue sollozando bajo el sol agosteño, secando sudor y lágrimas con los documentos ajados.
G murió hace unos años. En su enésimo intento de volver a sus raíces, a su tierra prometida, un coche se cruzó en su camino. El golpe fue seco y certero. Tal vez se despistó, tal vez vio a algún fumador generoso, quizá una moneda brillante en el suelo le hizo apartar la mirada de la carretera, no lo sabemos. El terco coche teledirigido se quedó sin pilas.
Dani Paños.
Publicado en http://solopormolestaros.blogspot.com.es/2014/08/el-caminante.html el 28 de agosto de 2014.
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